El Cine como forma expresiva y estética

jueves, 27 de marzo de 2008

El Western como género

Las personas que pusieron en marcha la iniciativa Icarus, me encargaron dar una charla sobre “El cuestionamiento del género”, para cerrar un ciclo en el que deberían ver Dementia, de John Parker (1955) y Dead Man de J. Jarmusch (1995). Procurando buscar un punto de equilibrio entre esa idea, que presuponía afrontar dos fenómenos cinematográficos de gran amplitud (el cine surrealista y el Western), mi manera de entender el hecho cinematográfico y las posibilidades materiales disponibles (charla de 2 horas), opté por una solución de compromiso limitada al “género” Western y a un breve análisis de la película De Jarmusch.
Mientras preparo un texto algo más elaborado, a continuación ofrezco a quienes pudieran estar interesados, los esquemas de Power Point que empleé en aquella charla y un esquema analítico de la película. La charla se celebró el 26 de marzo de 2008 en la Facultad de Bellas Artes de Madrid.

Las circunstancias históricas




1835, Se comienza a fabricar el Colt, pero los primeros son muy caros
1847, Se difunde el colt barato
Colt fundamental para configurar la substancia del modelo cultural USA: instrumento de materialidad democrática (Dios creó a los hombres, pero Samuel Colt los hizo iguales)
Idea de igualdad vinculada a la capacidad de matar (defenderse o atacar)
Se obvia la historia anterior a 1847 (muy importante la declaración de independencia)
1861-1865, Guerra de Secesión
Conflictos con indios permanentes
1832, Halcón Negro inicia la resistencia frente a la ocupación de los colonos al este del Mississipi
1876 Little Bighorn
1880, Jerónimo
1890 Masacre de Wounded Knee. Fin del problema indio
Casi todo el cine del oeste se centra en el período comprendido entre 1847 (difusión del colt) y 1890 (aniquilación de los indios)
Origen mítico de la cultura USA
Prostitutas y delincuentes, que se redimen mediante ritos de transición que presuponen lucha y sacrificio (renuncia)
Libertad individual. Individuo por encima del grupo
Defensa de la propiedad privada
Luchas contra los elementos
Triunfo del empeño, la determinación, la ambición: lo compensa la riqueza acumulada
Realidad: empeño de expansión para ocupar la mayor cantidad de territorio posible Ingredientes: Indios, malos, buenos, amplios horizontes
Intento de construir una historia mítica paralela a la europea (Grecia)





Los orígenes del western
Edwin S. Porter, 1903, The Great Train Robbery; anécdota relevante
D.W. Griffith
• 1915, The Birth of a Nation. Voluntad por construir una historia acorde con el modelo ideológico dominante en el momento de la realización de a película.
• Cultura blanca, Negros buenos: dóciles; negros revolucionarios: engañados






La configuración del género. John Ford





1939, La diligencia (Stagecoatch)
1946, Pasión de los fuertes
1948, Fort Apache
1950, Rio Grande
1956, The Searchers (Centauros del desierto)
1962, El hombre que mató a Liberty Valance
Etc.






Características del Western de Ford






Cine de entretenimiento, dirigido al consumo masivo
Héroe
Conducta al margen de la ley (cierto componente nietzschiano)
Fuerte, vigoroso, hábil en el uso de las armas
Defensor de la ley (moral natural?) con el auxilio del revólver
Dispuesto a renunciar a sus intereses personales y sacrificarse (arriesgar la vida) en beneficiode los demás (proceso de redención por los “pecados” del pasado).
Al final: el bueno mata al malo y se casa con la chica
Heroína
Pasiva (por lo general, aparece como el premio que recibirá “el bueno”)
Muy frecuente: pasado frívolo






Indios, hispanos y negros integrados; pasivos, aceptan la cultura blanca
Indios, negros y mejicanos no integrados: salvajes o malos
Conflicto entre el bien y el mal en contexto épico






Especialización iconográfica según patrones perceptivos
Buenos : John Wayne, James Stewart, Gray Cooper
Películas de heroísmo individual. El bueno contra los malos en ambiente de “problemas humanos”.
Intento consciente (fomentado desde la administración USA) de crear una cultura americana acorde con los principios de la estructura política y económica de cada momento (va cambiando según se modifican las circunstancias políticas)
Desde 1945, Ford también es productor de sus obras (libertad casi absoluta)
Con el paso de los años, tendencia a realizar películas de mayor “calidad” sin perder de vista el negocio del entretenimiento.






Recursos para acrecentar la calidad cinematográfica
Enriquecimiento lírico
Ampliación de referencias con personales secundarios
Intrusión de la cultura europea (Shakespeare y mitología griega, sobre todo)






Otros directores
Howard Hawks (Línea comparable a la de Ford, a veces, con guiones un poco más sólidos)
1948, Río Rojo
1959, Río Bravo
1967, El dorado






Sturges





(muy irregular)
1953, Fort Bravo,
1957, Duelo a muerte en OK Corral
1959, El último tren para Gun Hill, problemas personales con los indios integrados






Nicholas Ray





(gran relación con Jarmusch)
1954, Johnny Guitar
1957 La verdadera historia de Jesse James
1947, Raoul Walsh, Perseguido
1952, Zinnermann, Solo ante el peligro
1953, George Stevens, Shane






Anthony Mann
Intento de crear un cine universal fundiendo las tradiciones occidentales (Shakespeare y lo que se tercie) con el modelo de J. Ford.
Corriente explícitamente globalizadora.
1950, Winchester 73
1953, Colorado Jim
1955, El hombre de Laramie
1958, El hombre del Oeste
1961, El Cid (concebida como película de género con vestuarios medievales)
1964, La caída del Imperio romano (algo parecido)






El Spaghetti western
1964, Leone, Por un puñado de dólares. Cine de entretenimiento que rompe con la ampulosidad de las corrientes americanas derivadas de Ford.Enfatiza y estiliza la habilidad en el uso del revólver
1966, El bueno, el feo y el malo. Reconstrucción histórica a partir de la guerra de Secesión más “realista” que en las corrientes americanas, por supuesto, con los inconvenientes” específicos del spaghetti
1968, Hasta que llegó su hora
Leone transforma el western en algo radicalmente diferente: lucha entre asesinos y grupos sociales más o menos organizados: el grupo por encima del individuo. Alusión explícita a la lucha de clases
Los “no blancos” (indios, negros e hispanos) aparecen progresivamente integrados en el argumento






La rotura de los géneros
Cine de género: ideal para el entretenimiento
Rotura de los géneros: necesaria cuando se busca incrementar la “calidad”
“Calidad” como capacidad de ofrecer mayor complejidad, para potenciar las relaciones entre los elementos del discurso narrativo
Problema de categorización estética (criterio de valoración estética).
Elementos asociados a la “forma”:
Innovación con capacidad de desarrollo posterior (criterio de oportunidad histórica)
Habilidad
Relación entre medios y objetivos (economía de medios)
Carácter documental
Elementos asociados al “contenido”:
Asuntos de interés general
Complejidad (escalonada)






Hacia la disolución del género: las corrientes americanas
Para algunos historiadores, reacción al Spaguetti Western
Cuando cesa la caza de brujas, el cine recupera su capacidad para ser un medio de reflexión crítica: revisión histórica como replanteamiento de la naturaleza de la cultura USA
Cambio radical en la concepción del lejano oeste. Tendencia a la recuperación “realista”.
Ampliación del marco Western: aparecen películas de este tipo ambientadas en la América “actual” e, incluso, del futuro (La Guerra de las Galaxias)
Uso del lejano oeste como ambientación de historias de cualquier naturaleza (el ambiente del lejano oeste sólo es un telón de fondo), incluyendo hechos actuales (guerra de Vietnam)






Arthur Penn
1966, La jauría humana (muchas alusiones al western)
1970, Pequeño gran hombre. Brutalidad blanca como instrumento de poder
Revisión de la relación entre los indios y los blancos






Sam Peckinpah
Tras varias películas irregulares...
1962, Duelo en la alta sierra. Oeste como época dominada por la brutalidad
1969, Grupo salvaje. Reflexión sobre la condición humana, en contexto de brutalidad






Pollack
1968, Camino de la venganza. Cazadores, indios, salteadores y un negro que ha sido educado en las tradiciones europeas. Relaciones muy claras con Dead Man
1972, Las aventuras de Jeremiah Johnson. El hombre (blancos o indios) contra el medio. Elementos poéticos próximos a Dead Man, sin los elementos surrealistas






Kasdan
1985, Lawrence Kasdan, Silverado (1994, Wyatt Earp)
Reformulación estética: Tonos ocres
K. Costner 1990, Bailando con lobos






Eastwood
1976, El fuera de la ley. Revisión de la historia USA posterior a la G. Secesión (indios integrados sin problemas). El problema: la ley de los vencedores
1983, Impacto súbito. Película híbrida. Thriler moderno con reminiscencias del Western. Recupera la iconografía de Leone en la secuencia del enfrentamiento final
1992, Sin perdón. Inversión de roles: el grupo (las prostitutas) debe defenderse de individuo que controla la ley. Casi paradigma posmoderno.






Últimas corrientes
Hermanos Coen
1996, Fargo
2007, No es país para viejos
Reflexiones existenciales en sintonía con el “momento actual”






Jim Jarmusch
Nacimiento 22 de enero de 1953 (Akron, Ohio, Estados Unidos)
Formado en Literatura inglesa y norteamericana
Estudia cine y comienza a trabajar con Nicholas Ray.
Uno de los directores independientes más reconocidos en Europa
Rasgos de sus obras
Importancia de los componentes sonoros (música) y literarios.
Puntos débiles: escasa atención RELATIVA a la imagen y carencias en el ritmo narrativo
Pretensiones de calidad: incremento de las referencias
Anti-héroes






Filmografía
Permanent Vacation, 1980.
Stranger Than Paradise (cortometraje), 1982.
Stranger Than Paradise, 1984.
Coffee and Cigarettes (cortometraje), 1986.
Down by Law, 1986.
Coffee and Cigarettes II (cortometraje), 1989.
Mystery Train, 1989.
Night on Earth, 1991.
Coffee and Cigarettes III (cortometraje), 1993.
Dead Man, 1995.
Year of the Horse, 1997.
Ghost Dog: The Way of the Samurai, 1999.
Coffee and Cigarettes, 2003.
Broken Flowers, 2005
Dead Man






Fuentes cinematográficas de referencia:
N. Ray. Intento de acrecentar la complejidad
Pollack 1968, Camino de la venganza, cazadores, indios, salteadores y un negro que ha sido educado en las tradiciones europeas. 1972, Las aventuras de Jeremiah Johnson. El hombre (blancos o indios) frente al medio
J. Ford. Blanco y Negro: mismos medios que J. Ford. Imagen especular (Centauros, Liberty, Diligencia)






Referencias literarias
H, Michaux: Es preferible no viajar con un hombre muerto
William Blake: explícita
Emily Elizabeth Dickinson: implícita en el nombre de la fábrica, que, indirectamente, le pone en relación con el personaje interpretado por Mili Avital (Thel Russel)
Y, tal vez, Joseph Conrad. El viaje de W Blake recuerda, en cierto modo, el viaje de Marlow por el río Congo (Apocalypse Now)






Alusiones
Reflexión crítica sobre la historia norteamericana
Fusión entre cultura inglesa y culturas precolombinas (indio gordo)
Hombres blancos como feroces destructores de la naturaleza
Máquina como herramienta de destrucción
Ley supeditada al poderoso
Recombinación de los elementos tradicionales: delincuente, prostituta, indios
Música anacrónica (conexión con público joven)





Dead Man. Entre el Western y el surrealismo

Estructura: “frases” cortas que acaban en fundido a negro.
Énfasis en la música (instrumento fundamental en el ritmo narrativo)
Distribución regular (cada 10 ó 12 minutos) de “situaciones” de gran impacto emotivo para compensar la pesadez de un discurso poético demasiado reiterativo: felación, enfrentamientos a tiros...
En ese sentido el ritmo de Jarmusch (excepción hecha de la música) se parece mucho al utilizado por J. Ford.

Esquema de elementos relevantes de la película (en rojo, situaciones "fuertes", recursos para asegurar el ritmo narrativo)





Desde los postulados surrealistas, no es posible establecer relaciones "racionales" o "lógicas". Los elementos que aparecen en la película deben entenderse como presencias que se justifican en su capacidad de remitir al espectador a lo más profundo de sus instancias personales (el Id de Freud)






Arranca con alusiones explícitas a los paisajea de John Ford
Caravanas abandonadas
Maquinista como Caronte u oráculo (?) Viaje al infierno.
Cabañas de indios abandonadas. Cazadores matando búfalos

Progreso tecnológico como instrumento de aniquilación ecológica (donde llega el tren, la naturaleza muere)

Machine como final de trayecto
Carta de la metalurgia Dickinson
Tal vez encuentre su propia tumba


En Machine
Todo negativo en la ciudad: suciedad, barro, cerdos, personas malencaradas,
11,30 Felación en la vía pública.

Industrias Dickinson ¿Alusión implícita a la obra de Emily Elizabeth Dickinson?
Despacho del Sr. Dickinson
Calavera, dinero, retrato (Dorian Grey?), cigarrillo, cuernos, oso (El viento y el León, John Millius, 1975 ¿Roosvelt?). Le habla con la escopeta en la mano

Conoce a la joven, que le invita a su casa y le pregunta si tiene tabaco (tabaco como medio de relación interpersonal)
Hace flores de papel y desearía hacerlas de tela (seda) con una gota de perfume francés
Tiene revolver porque "esto es América"
24’, Aparición de Charly; disparos

Indio (Nadie) (Ulises)
Caballo con marca negra de mano (impronta primitiva, graffiti)





Asesinos preguntando por el tabaco

34’ El indio sabe que está muerto y que es William Blake





37 Asesino duerme con el osito





40,07 ¿Zapatilla Deportiva?

44 El indio pregunta si sabe utilizar la pistola. "Tu poesía se escribirá con sangre"
Sus compañeros le nombraron: “El que habla alto y no dice nada” y le condenaron a vagar en soledad
48 Le exhibieron en Inglaterra. Le dieron educación inglesa





52 Grupo de cazadores, uno de ellos vestido de mujer (comparable a cíclopes)
Le vuelven a pedir tabaco
Conversación surrealista. Le preguntan sobre la suavidad de sus cabellos
55 Disparos






1,03 El indio consume peyote como si fuera una hostia consagrada. Entra en trance y le ve cadavérico (Psicosis, Michaux, formula para acceder al conocimiento profundo)
1,11 ¿Conocéis mi poesía? (ya se ha transformado conscientemente en William Blake)
1,12,36 Personaje con corona radiante





1,14, El "malo" aplasta la cabeza del icono
1,15, el "malo" mata al charlatán y se lo come (GENE Kelly, El club social de Cheyenne, 1970; Cavani, La piel, 1981)






1,18 Indios fundidos con la naturaleza
1,19, Blake encuentra un cevatillo muerto y se pinta con su sangre y se tumba a su lado en actitud protectora. Referencia a Un Perro andaluz, de Buñuel





1,22 el indio fornicando; la india se enfada porque abraza a Blake
1,26 Nadie le llevará al espejo, el lugar del que es W. Blake (espejo donde el mar se une al cielo)






1,17. El almacén. Los indios enferman en él
1,30,30 Armas bendecidas por el arzobispo de Detroit
1,31 Visión de Cristo opuesta a la visión natural
1,32 El autógrafo (Ray, Johnny Guitar, 1954)






1,37 Campamentos indios destruidos
1,39 Llega a poblado indio (Conrad, Corazón de las tinieblas)
1,44,50 Totem con elementos eróticos
1,45,20 máquina de coser






1,46,33 Último viaje
1,47,34 Ajuar funerario con ramas de cedro. Volver al lugar de procedencia de donde vienen todos los espíritus y a donde regresan todos los espíritus; tabaco como ofrenda funeraria
1,49,56 indio y "malo" se matan y Blake se marcha en la barca

martes, 4 de marzo de 2008

La infelicidad de McCandless

Por Arch

“Into the wild”, 2007. 140 minutos. Director: Sean Penn. Actores: Emile Hirsch, William Hurt, Marcia Gay Harden, Vince Vaughn, Hal Holbrook.

Muchos hilos cuelgan de “Into the wild”; lo mejor es empezar por su contenido.

En el dilema existencial del protagonista hay dos ejes que se cruzan: el deseo de venganza contra unos padres que se han portado mal y la llamada “infelicidad byroniana”. Lo primero no plantea demasiados problemas: una infancia bañada en prepotencia, mentiras, frustración y violencia han convencido a Chris McCandless de que la raza humana es basura, y que por tanto vale más irse a vivir con las ardillas y de paso castigar a los padres desapareciendo sin dejar rastro.

La segunda es más interesante: La Infelicidad Byroniana es el profundo desasosiego que sufre quien lo ha visto todo. Al parecer, esto le pasaba al poeta inglés: había vivido aventuras por el mundo entero, había nadado en las azules aguas del Helesponto, se había acostado con las mujeres más bellas de los principales reinos europeos y orientales y había saboreado la gloria de ser el mejor poeta de su época. Entonces, un buen día, Lord Byron llega a la conclusión de que ya lo sabe todo, y se convence de que lo único que puede hacer es esperar la muerte (normalmente, ésta suele ser una pose pedante, la impostura de algún presunto ilustrado; nadie puede conocerlo TODO). Entonces, como antídoto para la melancolía y la alienación, lo mejor es fundirse con la naturaleza, dejarse llevar por los instintos primarios y volver a cazar, recolectar en silencio y respirar aire puro.

La tristeza del joven McCandless (23 años, recién licenciado) apunta en esa dirección: cree que la civilización no puede aportar nada, pues está construida sobre mentiras y bases equivocadas; no puede soportar una perspectiva de horarios fijos y masificación, así que se echa, literalmente, al monte. Ante el abismo que se abre cuando acaba una etapa, con una pesada mochila de rencor y frustraciones, el chico rompe las tarjetas de crédito, dona sus ahorros y fulmina la enorme distancia que ha surgido entre la naturaleza y los humanos. Vuelve a los orígenes para ver si así encuentra la felicidad (tema central).

No en vano, la película comienza con estos versos de Lord Byron.

There is a pleasure in the pathless woods,
There is a rapture on the lonely shore,
There is society, where none intrudes,
By the deep sea, and music in its roar:
I love not man the less, but Nature more.


Romanticismo, en resumen.

El tema me recuerda, rápidamente y salvando largas distancias, a “El club de la lucha”; el Proyecto Mayhem podría responder a las necesidades de McCandless (pero con un componente colectivo y autoritario). Así imagina Tyler Durden, en la novela, un futuro anárquico:

Cazarás alces en los bosques húmedos del cañón cercano a las ruinas del Rockefeller Center y encontrarás almejas enterradas junto a los cuarenta y cinco grados de inclinación de la Aguja Espacial. (...) Escalarás la bóveda de un bosque uliginoso donde la atmósfera estará tan limpia que verás figuras diminutas majando maíz y poniendo a secar tiras de carne de venado bajo el sol de agosto en el área de descanso de una autopista abandonada.

Apartado formal.

Me gusta cómo aparecen las ideas a lo largo de la aventura hasta la conclusión: McCandless las arranca instintivamente de un viejo solitario, de unos hippies ajados o de los clásicos rusos que lleva consigo; reflexiona mientras cruza los Estados Unidos vestido como un mendigo. El director, Sean Penn, da coherencia al revoltijo existencial con buen pulso; su técnica narrativa, libre y solvente, retrata muy bien la espontaneidad de un viaje sin rumbo. Estos son sus instrumentos.

>Constantes flashbacks, hacia un joven McCandless afeitado en casa de sus padres, otro risueño que cruza ríos, recoge trigo y le canta a una manzana, y un tercer McCandless radicalizado, enterrado en los confines de Alaska.
>Dos monólogos reflexivos que narran la historia: el de McCandless y el de su propia hermana, trenzados con soltura.
>Capítulos: la peripecia, desde que el protagonista renuncia a la civilización (y se autobautiza como Alexander Supertramp), se divide en nacimiento, adolescencia y madurez.
>Y la fotografía, por supuesto: panoramas helados, verdes y sonoros, ríos que rugen entre colinas, desiertos infinitos, océanos de trigo... Gracias al encuadre, las texturas en contraste y el montaje, el espectador respira sol y bebe montañas junto al aventurero.

Paisajes, filosofía, drama, momentos del pasado, aventura, paisaje, clásicos rusos, vuelta al presente, más paisaje, salto a un pasado más lejano, personajes variopintos, vuelta al presente, más aventuras... Todo se mezcla con naturalidad, con esa falsa improvisación a la que se llama frescura.

También están bien las actuaciones.

Como puntos en contra están el excesivo metraje (se le podrían extirpar veinte minutos) y el tipo de música que acompaña casi todas las escenas (siempre he sentido un rechazo biológico hacia el rollo de guitarras y canciones a coro en el césped; como beberse un litro de miel a pelo): por eso a veces puede parecer demasiado edulcorada, hasta cursi. Algunos dicen que se trata de un larguísimo anuncio de automóviles con un contenido ingenuo (la simple búsqueda de la felicidad); otros hablan de película libertaria...

A mí me parece que, sobre todo, es una obra personal; está claro que a Sean Penn le cautivó el libro (de Jon Krakauer) en su día y se ha tomado muy en serio la adaptación. Se nota y se agradece.

sábado, 1 de marzo de 2008

Cine para quienes son o se sienten jóvenes: Sweeney Todd. El barbero diabólico de la calle Fleet (Tim Burton, 2008)

Leí el comentario de Vera y volé a verla... con la esperanza de que Burton hubiera dado un giro... Y resultó que había declinado en la dirección más inconveniente para mis gustos cinematográficos: hacia el cine “musical”. Como dice Ángela, vivimos tiempos de amancebamiento entre los géneros... En mi caso, en cuanto los personajes se ponen a cantar, me acuerdo de Siete novias para siete hermanos y mi psique entra en vorágine depresiva....
Tiene todos los ingredientes del cine de Tim Burton: espectacularidad, espectacularidad y más espectacularidad, momentos brillantes, tomas excepcionalmente bien diseñadas y realizadas (la llegada a Londres), magníficos diseños (créditos del arranque), textura bien resuelta... Por no aburrir al lector, me limitaré a reconocer que Tim Burton controla el oficio cinematográfico como nadie, como casi nadie: apenas le reprocharía alguna laguna en la construcción del ritmo narrativo, porque como Spielberg, abusa del juego sentimental.
Lo que más me molesta de su cine: su obsesión (profesional) por hacer películas pensando en un “cliente potencial” quinceañero; pero, con pretensiones de objetividad, no sé si esta circunstancia es un vicio o una virtud, porque garantiza la taquilla
La película rezuma sangre y situaciones particularmente tétricas y asquerosas, un poco más sofisticadas que en el cine de Tarantino, pero de una truculencia morbosa indiscutible

Me interesa destacar la configuración iconográfica del barbero, perfectamente a-simétrica, para aportar al personaje una inquietud latente que acaso no necesitara, por el constante gesto sombrío, pero que le caracteriza de modo singular.
El juego argumental de enfrentamiento entre las diferentes generaciones será del gusto del público al que va dirigida; para los demás... lo de costumbre. En suma, una magnífica película de entretenimiento... para quienes se sientan jóvenes. Ojalá vuelva pronto a la comedia.

martes, 12 de febrero de 2008

De cómo docenas de personas aplaudieron al agente 007

Por "Arch"

Esta es la crónica de un contacto precoz con el cine de acción y la posterior reflexión:

“La vez que más disfruté en una sala de cine fue viendo ‘Goldeneye’. Corrían los últimos días de 1995 y yo tenía once años. Estaba en el piso de mis tíos, mirando cómo una marea de viento y lluvia barría Ferrol. Deseaba con todas mis fuerzas ver aquella película. Evocaba tardes infantiles jugando a deslizarse por detrás de los sillones para espiar a los mayores, escenas de acción en el televisor, mundos lejanos... Casi no pensaba en otra cosa. Había caído la noche y un contenedor avanzaba calle abajo empujado por la ventisca. Le pregunté a mi tío si con esa tormenta podría ir al cine. ‘Sí’, contestó; y me dejó tranquilo.

Una hora después yo estaba sentado, solo, a oscuras, en una sala del centro.

La película empieza, como de costumbre, con 007 disparando por sorpresa a la cámara-cañón de pistola, que queda nublada por un telón de sangre. Pierce Brosnan-James Bond corre por el canto de una presa gigantesca, coloca un arnés a su bota y otro a la barandilla, donde sube, toma aire en posición de ángel y salta al vacío. Todo en cuestión de segundos. Su diminuta figura desciende veloz, a pocos palmos del liso cemento. Minutos después, Bond está en una base militar soviética: ha presenciado la muerte de un agente amigo y colocado cargas explosivas en una almacén de gas. Los malos le disparan y Bond huye con ingenio; sale a una pista de aterrizaje nevada, en la cumbre de una montaña, corre. Las balas zumban y rebotan a su alrededor. Bond entra en una avioneta que se dirige al precipicio, noquea al piloto y cae con él otra vez a tierra, rodando por la nieve; luego consigue una moto y se lanza tras el avión. El malo manda parar a sus chicos: dejadlo, no tiene escapatoria. Bond desaparece en el horizonte. La avioneta cae por el borde de la montaña y se dirige en picado hacia los afilados peñascos del fondo. Justo a continuación, la figurita negra salta por el precipicio, suelta la moto y vuela con los brazos pegados al cuerpo. El avión cae vertical y Bond se acerca por detrás como una bala en el aire, se agarra a la cabina, entra, toma el joystick con las dos manos y tira con fuerza; aprieta los dientes, su pulso tiembla por el esfuerzo y ríos de sudor le bajan por la cara. La avioneta va corrigiendo la posición, poco a poco... Segundos después, la vemos remontar el vuelo sobre las agrestes montañas; la base militar explota y el aparato sobrevuela las llamas con elegancia.

El cine rompe en aplausos. Alaridos de admiración se levantan por toda la sala.

Comienza la música.”

Así fue como la saga volvió, en sus esquemas, por todo lo alto. El personaje reaparece con una introducción espectacular y clásica, ambientada en los últimos años de la Unión Soviética. Es agresiva, sencilla, una aventura de espías pura y directa, y con la carga simbólica de un mito en plena resurrección: la cámara no desvela la cara del héroe en las primeras tomas, la mantiene fuera de plano o en la oscuridad, reservándola hasta los pasillos de la base militar. Los créditos, muy característicos de la serie, marcan la transición de la primera escena al desarrollo argumental con algo de historia: mujeres de largas piernas destrozan a martillazos estatuas gigantescas de Lenin y Stalin, con hoces y martillos de piedra volando en pedazos sobre un fondo incendiado. Los tiempos cambian... Y vemos a un 007 muy en línea con la caída del muro: ya no odia a los rusos; es más, Londres y Moscú colaboran para neutralizar los planes de un general rebelde que, eso sí, cumple el papel de sádico con ansias de dominar el mundo, como es natural en todas las películas. Brosnan no fuma, apenas bebe, recibe alguna bofetada femenina de vez en cuando y ha recuperado un poco la seriedad perdida por Roger Moore. Pero la idiosincrasia de Bond sigue siendo la misma: es un galán sibarita, frío, flemático, promiscuo y sin nada que perder, un modelo de masculinidad al que ya le pesan las décadas.

Con gran sencillez, la película sigue paso a paso el Decálogo de Goebbels (ver “El cine y la manipulación política”, en este mismo blog):

Simplificación y enemigo único: en efecto, Bond se enfrenta a psicópatas sedientos de poder. Contagio, Transposición, Exageración y Desfiguración: el malo es tan malo que nadie puede estar de su parte y, cuando Bond lo ejecuta a sangre fría, los espectadores, aun estando en contra del terrorismo de Estado y la pena de muerte, no podemos evitar sentir satisfacción. Vulgarización: hombres y mujeres, viejos y jóvenes, niños, cinéfilos, camareros, estudiantes, médicos y recepcionistas aplaudimos en aquel cine. Orquestación: llega hasta tal punto que todos sabemos de memoria cómo se desarrolla cualquier película de James Bond. Renovación: sin embargo, a pesar de conocer al detalle los mecanismos que trabajan en ellas, acudimos en masa a ver las aventuras de 007. Verosimilitud, Discreción, Transfusión y Unanimidad: aunque sabemos que el cine suele exagerar, está pactado que los anglosajones se juegan el tipo para defender la democracia.

Y funciona.

También conviene destacar del personaje algo inquietante:

Nadie ignora que Bond es bastante machista, que le gusta violar las normas de tráfico, beber, ser arrogante, reírse de la gente y sobre todo matar. Asesinar para el Estado con una sonrisa en los labios. Rematar a sus víctimas con una broma fácil y luego acostarse con sus mujeres. Quizás esa falta de moral sea otro aliciente, porque, más allá de que cada dos o tres otoños 007 frustre los planes de megalómanos terroristas, da la impresión de que no actúa por amor a la justicia ni nada parecido, sino por placer, por adicción al peligro. A lo mejor ese punto nihilista resulta un gancho tan atractivo como la sucesión de explosiones y tías buenas, y refuerza la identificación con el héroe, estableciendo con el público un vínculo algo malsano. Como el empleado humillado que sueña con darle una paliza al jefe y verle suplicar. Como quien se imagina siendo aplaudido por multitudes. Bond es una pequeña vía de escape hacia esos rincones; o ¿por qué no ver cualquier otra película para entretenernos? ¿por qué no abuchear al asesino en lugar de aplaudirlo? Porque durante una hora y media, la violencia o la venganza pueden sentar bien si se venden correctamente.

Fuera de la película, merece reseñar la ofensiva comercial; indudablemente, Bond no podía regresar sin una atención extrema por parte de la industria. Los productores se jugaban mucho devolviéndole vigencia al personaje en tiempos inciertos (sobre todo tras el soso Timothy Dalton). “Goldeneye” debía llegar con el terreno bien preparado, así que vallas publicitarias, trailers y reportajes a todo color para diversos medios avalaron el retorno. Dinero había, desde luego: Bond viste de Armani, utiliza un reloj Omega, conduce un BMW y habla por el último Nokia; como apunta E. Galeano, se trata de un “héroe globalizado”.

Para acabar: ¿qué opinan de todo esto los auténticos Bond?

Hace unos años, los productores querían rodar una escena en el cuartel general del MI6 (Military Intelligence department 6, también conocido como “la Firma”), a lo que Downing Street puso reticencias. Fue el ministro de Exteriores de la época, Robin Cook, quien zanjó el asunto con desenfado: “Si James Bond ha hecho tanto por nuestro Gobierno”, dijo, “nuestro Gobierno no va a perder nada haciendo algo por el señor Bond”.

Más claro, imposible. La mismísima Foreign Office reconoce la talla de 007 como propagandista. Una ayuda muy apreciada; no en vano, Reino Unido inició en 2006 una gran campaña de reclutamiento para el MI6: todo empezó con un anuncio en el “Times” donde se solicitaban ciudadanos británicos licenciados, interesados en otras culturas y con gran poder de persuasión. Parte del anuncio decía así: “Quienes comiencen a trabajar para el Servicio de Inteligencia (...) podrán tener la certeza de que será una carrera estimulante y gratificante que, como la de Bond, será en el servicio de su país”. En 2007 el Gobierno extendió la campaña a radio y televisión, con agentes secretos auténticos explicando, con voz distorsionada, lo emocionante que es ser espía.

El Estado le echó un cable a Míster Bond (creado, como es sabido, por un ex miembro de la Firma).

Y así fue como la escena que inaugura “El mañana nunca muere” pudo rodarse en el edificio Vauxhall Cross de Londres, sede del servicio secreto británico.

En otro gesto de simpatía, el C (espía jefe) de aquel entonces, David Spedding, invitó a Judi Dench (M, su alterego en la ficción) a la cena navideña del MI6. Los espías, desconfiados o probablemente orgullosos de andar rodeándose de misterio, no permitieron que la actriz fuese al evento en su coche particular; irónicamente, el chofer fletado por el flamante servicio secreto británico no encontró a tiempo la casa de Dench, y ésta llegó a la cena cuarenta y cinco minutos tarde.

jueves, 7 de febrero de 2008

Vertov sigue vivo: Se ofrecen actores pobres para hacer de pobres.

Leo en BBC Mundo que un tal Julio Arrieta ha creado una escuela de teatro y una agencia de actores en el barrio porteño de Barracas:
"Creemos que está mal que contraten a un rubio, a una persona que nunca pasó necesidades, para hacer de pobre. Me parece que nosotros somos más auténticos. Sabemos perfectamente cómo es la sensación de tener todos los caminos cerrados". (...) "Ofrecemos también la villa como un set de filmación, hacemos el 'catering' y tenemos custodios que protegen a personas y equipos. Hay miedos lógicos, porque hay un mito de que, en barrios como éste, entrás y no salís. Pero acá la gente quiere trabajar", (...)"Tenemos gente que puede hacer de bueno o de malo, de ladrón juvenil o de marginado; mujeres gordas, flacas, viejas y jóvenes".

Pero lo más curioso es que Julio Arrieta se ha preguntado por qué no se puede hacer una película de extraterrestres... Todas las que se han hecho nos enseñan a los “marcianos” en los barrios burgueses americanos:
"Los marcianos siempre aterrizan en Estados Unidos y los defensores del mundo siempre son ellos. Yo me preguntaba por qué no había extraterrestres en una villa. ¿Acaso tienen miedo de que les robemos la billetera?"
Mucho me temo que seguirán siendo pobres y que los marcianos seguirán pasando de largo...
No obstante, la galería de actores que ofrecen y los posibles escenarios no tienen desperdicio...
Ver el blog...

Para finalizar... Si alguien sabe de un club exclusivo que ofrezca millonarios para hacer de millonarios, que me avise, porque tengo una idea para una película "dogma"...

miércoles, 6 de febrero de 2008

La soledad, Jaime Rosales, 2007

Cuando escribí la acotación a las entregas de los Goyas, no había visto la película de Jaime Rosales y únicamente me dejó perplejo que se diera los dos premios más deseados a una película de escasa resonancia en taquilla, coincidiendo con otras que habían triunfado en ese sentido y, aún en algún caso, con méritos excepcionales (“Rec”), por cuanto es difícil conseguir tanto con medios tan escasos. E imaginé que acaso en el ánimo de los académicos, a quienes debemos suponer “expertos en cinematografía”, pesara la intención de respaldar la “calidad cinematográfica” por encima de los juicios del público... Desde mi punto de vista, el problema surge al intentar definir desde esa postura la “calidad cinematográfica”, porque si algo caracteriza al cine es, precisamente, todo lo relacionado con la aceptación del público. Si una película no le gusta al público, arruinará al productor, que no afrontará una empresa afín nunca más. Desde esa premisa surge una idea de “calidad cinematográfica” impuesta desde las estructuras más obvias: para que pueda haber buen cine tiene que haber buena taquilla, sin que ello, la taquilla generosa, sea garantía de ningún tipo en asuntos de calidad.
Existen muchas películas taquilleras que, sin embargo, no podrían ser consideradas “buenas películas”, sino buenos “productos de entretenimiento”; ente las superproducciones, las series que apuestan casi exclusivamente por lo espectacular: “Supermán”, “Rambo”, “Spiderman”, 007, etc.; entre lo nuestro: las de Segura, que se ha convertido en “especialista” en un tipod e cine sólo posible en España, “Mortadelo y Filemón”, etc. Conseguido el éxito popular, la película deberá recabar aceptación general de los sectores especializados... Cuando eso suceda, podremos suponer que nos encontramos ante una película destacada y, tal vez, ante una obra maestra.
Y aunque, como es obvio, la unanimidad de juicios es imposible, creo que la fórmula para catalogar una película por este camino está bastante clara, sobre todo, frente a lo que supone el otro: ceder el juicio a los especialistas olvidando el reconocimiento general.
Los aficionados al cine estamos hasta el gorro de leer o escuchar críticas “súper-positivas”, que no se corresponden con la más estricta realidad de la película en cuestión, sencillamente porque sólo los críticos "no condicionados" pueden expresar juicios honestos y en los ámbitos de mayor proyección social es prácticamente imposible mantener la independencia necesaria; de hecho, desde hace muchos años, la “crítica especializada” de los grandes medios de comunicación está funcionando como simple amplificador publicitario. Y en ese ambiente es muy peligroso deducir que una película bien recibida por la crítica especializada es “buena”; de hecho, creo que somos muchos los que “sabemos” (creemos saber) que ciertos juicios no significan nada; y entre ellos, los más desprestigiados son, precisamente, los de la Academia española, que lleva a sus espaldas un enorme saco de mierda, que no deseo remover ahora.
Que no se puede dejar desprotegida la industria cinematográfica española... ¡Claro que no! Pero empléense fórmulas más realistas, que no fomenten los vicios indeseables conocidos por todos: taquillas falsas, enredos de producción, derechos de televisión enrevesados, etc. Y para ello, nada mejor que no poner en oposición el éxito popular con la calidad salvo en los casos particularmente obvios...
Acaso ayudara crear dos categorías nuevas, acordes con las pretensiones de todos:
-Mejor película espectáculo, para lo más obvio.
-Mejor película de “arte y ensayo”, para películas como “La soledad”. Si no gusta lo de “arte y ensayo” por las connotaciones que encierra, seguro que a alguien se le ocurre un término más apropiado como cine de “indagación estética” u otro más explícito: “subvcine” o “cine subvencionado”.
En un momento como el actual, en el que cada vez son más numerosos los directores españoles que hacen “buen cine” y además “cine taquillero”, es absurdo que, sin haber definido esta última categoría, se pretenda mantener artificialmente un sector atrincherado en la casa de los tres cerditos, por muy numeroso que sea; seguramente sería más positivo crear salas “alternativas” que rompieran el monopolio de la exhibición y la distribución. No obstante, quede también clara mi opinión positiva sobre el apoyo a la actividad creativa: si se creara esta categoría (la del cine de “indagación estética”), sería lógico mantenerla mediante subvenciones, por supuesto, siempre que se garantizara cierta ecuanimidad y se combatieran los fenómenos endogámicos al uso... Sí, ya sé que es difícil, pero ya es hora de que ciertos "especialistas" comiencen a justificar el sueldo...


Hecho este amplio preámbulo, quedaría afrontar la película en cuestión... Y creo que no voy a decir casi nada original... Lo más positivo de La soledad es, a mi juicio, la fotografía; lo más negativo, el ritmo narrativo... Existen muchas magníficas películas de ritmo “lento”; ahí está, por ejemplo el cine de Kurosawa o el Ozu, incluso, el de Tarkovsky o Bergman... Pero para que una película de ritmo narrativo lento sea “buena” (siempre a mi juicio, sobreentendiendo cierto éxito de público) es fundamental que el resto de los elementos morfológicos sean excepcionales: que la fotografía sea magnífica, que el guión sea vivaz y esté bien trabado...
Por desgracia, la fotografía de “La soledad” está demasiado condicionada por la aparente intención de ofrecer un “retrato frio” de la situación de los personajes y, con ello, la imagen pierde muchas posibilidades de activar la mente del espectador, que acude al cine con unas expectativas muy condicionadas por el funcionamiento del sistema visual y por la experiencia acumulada por la experiencia visual inmediata.
A estas alturas, reivindicar el “estilo” cinematográfico de Yasujiro Ozu, clavando el “cangrejo” al suelo y otorgando gran relevancia al ambiente arquitectónico interior, y dividir la pantalla, puede tener cierta gracia formal, pero de cara al público en general, me parece sumamente arriesgado, porque las personas de hoy no conciben el cine como lo concebían los japoneses en el segundo tercio del siglo XX.

En todo caso, es de agradecer el intento de ofrecer una película singular, que seguramente tendría mejor aceptación en otros ambientes profesionales. Me han interesado especialmente, la calculada sencillez de las composiciones, la contraposición de puntos de vista (la yuxtaposición entre frontalidad y perfil) y la sutil dosificación de la luz en algunas partes de la película (antes del bombazo y parte final), los “juegos gestálticos” entre la casa que aparece en los primeros planos y el hospital...
Atendiendo a las pretensiones narrativas descritas por el propio director, Luis Rosales comete “errores” comparables a los de Ken Loach (aunque las intenciones de ambos muy diferentes). Reaparece el debate entre Eisenstein y Vertov sobre la “realidad cinematográfica”... La “frialdad visual” no proporciona al espectador mayor grado de “realismo”, sencillamente, le aburre y, en consecuencia, pierde potencial expresivo...


Del mismo modo y tal vez, por las mismas razones, el guión es demasiado flojo y la capacidad sugerente de las imágenes no compensa las carencias en aquel sentido.
Las interpretaciones son irregulares; algunos personajes resultan demasiado chirriantes, acaso por la excelencia de otros...

También he detectado algún problema menor en la sincronización luminosa de las diversas tomas que componen las secuencias...
Sintetizando... "La soledad" acaso sea un buen “docudrama”, tal vez, una obra de arte en formato cinematográfico, pero, tal y como yo entiendo el cine, es sencillamente una película mediocre. En ese sentido, me recuerda mucho el cine de Víctor Erice... Estas películas parecen destinadas a ser proyectadas en los salones de actos de los museos de arte moderno, donde muy probablemente, recabarán magníficas críticas; quienes se extasían con Tarkovsky, quienes disfrutan con el último Bergman, quienes experimentan orgasmos con Antonioni, se lo pasarán de miedo con "La soledad". Pero los demás...

Enérgico tirón de orejas a los académicos que han premiado una película que, en su argumento medular, sintoniza con la estrategia deprimente del PP... Ahora comprendo por qué Jaime Rosales mencionó a “El ladrón de bicicletas”...

El cine y la manipulación política






Cuestiones generales
La “manipulación” es inherente al hecho cinematográfico, como lo es a cualquier otro fenómeno comunicativo, sencillamente porque está en la naturaleza de su propia operatividad: el director, valiéndose de lo que es específico al hecho cinematográfico (imágenes y sonido), deberá “manipular” al espectador para entretenerle, ofrecerle una propuesta reflexiva, transmitirle miedo... lo que sea. Y por cuanto esa manipulación debe apoyarse en elementos de fácil comprensión, acercarse a lo más obvio, a lo que rige sobre las circunstancias sociales más elementales, casi podríamos decir que es camino obligado acercarse al hecho político.
Es difícil encontrar películas que no contengan algún elemento que nos remita a circunstancias políticas más obvias: la política, entendida como la forma que tenemos las personas de ordenar nuestra convivencia y las relaciones con los demás. Tal vez podríamos encontrar películas “a-políticas” en ciertos ambientes surrealistas (Lynch), porque en el seno de esa corriente existen líneas muy poderosas que se enfrentan a la cosa política con extrema beligerancia (Buñuel) y aquellas otras que, por estrictas razones políticas (paradoja obvia) debían ser “apolíticas” (caso de una parte muy relevante del “cine” español de los años sesenta y setenta, férreamente controlado por la censura para que no despertara la conciencia social o política del espectador: “Al cine se va a pasar un rato y como mucho, a manosear a la novia”, por supuesto, dentro de lo que determinaba la estrecha discreción moral de la época.
Pero fuera de casos extremos y paradójicos, lo normal es que el cine, por cuanto se ocupa de “cuestiones humanas”, deba atender, directa o indirectamente, al “factor político”. Pero es que además, si observamos que el director (o quien quiera que sea el realizador) debe crear una cierta “realidad fotográfica” que debe ser percibida por el espectador de acuerdo con sus intereses narrativos, y que, por lo tanto, debe manipular la conciencia éste, podríamos deducir que la manipulación es consustancial al lenguaje cinematográfico y, por extensión, que salvo en excepciones contadísimas, la manipulación política es consustancial al lenguaje cinematográfico, así como lo es al lenguaje de los medios de comunicación.
Hasta en los dibujos animados de la “factoría” Disney es obvia la preeminencia de los valores propios del sistema liberal-capitalista... sin necesidad de rastrearlos en episodios como aquel en el que el pato Donald peleaba contra los nazis y promocionaba la venta de bonos de guerra. Los personajes de Disney han luchado contra los japoneses, contra los nazis, contra los comunistas... pero sobre todo proyectaron a los niños que los contemplaron en sus diferentes formatos (tebeos, cine y televisión) el sistema de valores propio de la sociedad norteamericana. Y aunque las circunstancias fueron cambiando con el tiempo, aún hoy, subsiste una situación comparable con series como Los Simpson, en la que se han integrado los valores de relativismo ético de tonos conformistas propios de la posmodernidad, tal y como ésta se ha entendido en los países desarrollados.
Con muchas películas del “Oeste” ocurre otro tanto, por supuesto, en una dirección diferente. Exceptuando las del grupo “espagueti”, entre las que existe alguna de manifiesta intencionalidad política crítica (las de Sergio Leone, pero, sobre todo, “Hasta que llegó su hora”) y algunas otras de los años 60 y 70, casi todas las demás conforman un grupo muy homogéneo con un objetivo implícito común: “modelar” la historia norteamericana de acuerdo con las ideas dominantes en el momento de la realización, casi siempre, de orientación “liberal”. Seguramente, John Ford sea el director que mejor representa esa línea, pero ni el mismísimo Clint Eastwood se salva de una corriente que ha llegado a entenderse casi como un compromiso tácito: todos los directores interesados en pasar a la historia deberán pagar el tributo oportuno contribuyendo a la conformación de ese pasado que debe contribuir a conformar la identidad del grupo, por supuesto, siempre desde las ideas dominantes en cada momento.
En “La diligencia” (1939), un joven pendenciero con deudas judiciales pendientes y dotado de las cualidades de los héroes clásicos (valor, fuerza, determinación, sentido de la justicia elemental, etc.) deberá enfrentarse a una situación peligrosa para el grupo de viajeros reunidos en la diligencia, que le servirá para redimirse, junto con una joven prostituta de la que se enamorará y con la que acabará formando pareja... Es sabido que los primeros pobladores norteamericanos, por la parte inglesa, fueron delincuentes y prostitutas...
Cincuenta y tres años después, cuando Clint Eastwood realizó “Sin Perdón” (1992) recurrió a una idea muy parecida, pero profundamente “acondicionada” a las preocupaciones “feministas” del momento: un viejo asesino (adornado de virtudes comparables a las de The Ringo Kid pero de actitud manifiestamente no racista) redimirá sus pecados de juventud (mató a mujeres y niños...) vengando los ultrajes cometidos por una comunidad contra un grupo de prostitutas... En ambos casos, el recurso a las armas aparece como fórmula “necesaria” e “imprescindible” para recomponer el equilibrio entre “Bien” y “Mal”, entre lo que está “bien hecho” y lo que está “mal hecho”, según el criterio del protagonista... que es admitido sin vacilación por el “narrador”. El ejercicio de la libertad sin límites y la democracia del revólver...
Y en cierto modo, es lógico; el cine por sus propias cualidades requiere gran economía de medios y para conectar con el gran público “conviene” emplear “ideas” que estén al alcance de “todos”.

Acotaciones históricas
Sabiendo cómo “funciona” el cine, el problema no es evitar la manipulación política, sino tener clara la correspondencia entre los objetivos narrativos perseguidos (argumentales) y los medios empleados para conseguirlos, siquiera sea para evitar situaciones tan absurdas como las propiciadas por Lars von Triers en algunas de sus películas (“Dogville” y “Manderlay”), que intentando hacer una crítica radical de la cultura americana “profunda” ofreció una obra de fuertes matices reaccionarios (recuperación del Dios del Antiguo Testamento) e, incluso, fascistas (limpieza racial aplicada, incluso, a los niños). Y aunque intentó enmendarlo en “Manderlay”, acaso lo estropeara aún más...
La aparición de la intencionalidad política en el cine es casi tan vieja como la existencia del propio medio. Parece ser que la primera película con esta inclinación fue “El caso Dreyfus”, de G. Méliès, pero la quien marcó un jalón muy importante fue D.W. Griffith, que con “El Nacimiento de una Nación” (1915) defendió una idea de la nación norteamericana en sintonía con los valores del momento: la película revitalizó el Ku Klus Klan, que por entonces había perdido mucha relevancia social.
Desde entonces menudearon las películas concebidas con intencionalidad política explícita e implícita, pero el paso más relevante en ese sentido se dio en el contexto soviético, donde se decidió convertir abiertamente el cine en una herramienta activa al servicio de los nuevos intereses políticos... En esas circunstancias deben contemplarse las películas de Sergei Eisenstein, que compone un conjunto de obras que supusieron un importante paso en el desarrollo del lenguaje cinematográfico.
En la misma línea, las autoridades nazis, por mano de Goebbels también apostaron por convertir el cine en un importante instrumento propagandístico . Al margen de las películas “comerciales” de corte comparable a las realizadas en Hollywood, destacan las obras de Leni Riefenstahl, que desde el “decálogo de Goebbels” consagró un tipo de “reportaje” fortísimamente declinado en el sentido de la manipulación, tanto por vía perceptiva como mediante mecanismos estrictamente emotivos. El famoso decálogo, en realidad, aportaba muy poco a lo que ya se estaba haciendo en la industria cinematográfica para conseguir la aceptación popular y, en especial, para realizar películas que sintonizaran con las preocupaciones más elementales del público, aquellas que condicionan la decisión de pagar por una entrada. De hecho, las primeras observaciones del “decálogo” se podrían rastrear en el cine de Einsenstein y, por supuesto, en los procedimientos de manipulación informativa anteriores y posteriores:
1. Principio de simplificación y del enemigo único. Adoptar una única idea, un único símbolo, individualizar al adversario en un único enemigo, es una magnífica estrategia para facilitar la proyección (sublimación) del espectador sobre el personaje o los personajes protagonistas de una película o de una situación “informativa” predeterminada.
2. Principio del contagio. Para activar la actitud emotiva del público (espectadores) en la dirección oportuna, interesa agrupar a los “adversarios” en una única categoría.
3. Principio de la transposición. Facilitar la sublimación cargando sobre el elemento “negativo” el adversario (o “malo” en la película) los propios errores o defectos, respondiendo el ataque con el ataque. "Si no puedes negar las noticias inconvenientes, inventa otras para distraer la atención”.
4. Principio de la exageración y desfiguración. Conviene matizar las anécdotas, por leves que sean, en amenazas graves.
5. Principio de la vulgarización. La propaganda debe adaptarse al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida. Cuanto mayor sea la masa a convencer, menor ha de ser el esfuerzo mental necesario para entenderlo. Según Goebbels, la capacidad receptiva de las masas es limitada y su comprensión escasa; además, tienen gran facilidad para olvidar.
6. Principio de orquestación. La propaganda centrarse en pocas ideas, que se repetirán incansablemente, presentándolas una y otra vez desde diferentes puntos de vista, pero siempre alrededor de los mismos conceptos, sin ofrecer la menor duda. Es el origen de la famosa frase: "Si una mentira se repite muchas veces, acaba por convertirse en verdad."
7. Principio de renovación. Conviene proporcionar al espectador (público) “informaciones” nuevas a un ritmo tal que impida la respuesta reflexiva; para cuando el adversario responda, el público ya estará interesado en otras “noticias”. Las respuestas del adversario nunca han de poder contrarrestar el nivel creciente de acusaciones.
8. Principio de la verosimilitud. Las “noticias” deben presentarse procediendo de diferentes fuentes, aunque sea de modo fragmentario.
9. Principio de la discreción. Conviene silenciar los asuntos difíciles de argumentar y disimular las noticias que favorecen el adversario, contraprogramando con la ayuda de medios de comunicación afines.
10. Principio de la transfusión. Por regla general, la propaganda opera siempre a partir de un sustrato preexistente, ya sea una mitología nacional o un complejo de odios y prejuicios tradicionales. Conviene difundir argumentos o ideas que sintonicen con en esos sustratos.
11. Principio de la unanimidad. Es importante convencer a mucha gente de que piensa "como todo el mundo", creando una impresión (aunque sea falsa) de unanimidad.
En otro tono, Mussolini propugnó una “renovación cultural”, cuyo sentido podemos rastrear, por ejemplo, en el Manifiesto Futurista del Cine, que preconizaba recurrir a los nuevos medios de expresión (por supuesto, el cine) y olvidar los antiguos (por supuesto los medios literarios). En sintonía con lo propugnado por los nazis, los fascistas italianos prestaron gran atención a la expansión del cine y a la construcción de las estructuras necesarias para conseguir un cine propio, que compitiera con el norteamericano. Y en ese ambiente se promocionaron películas de exaltación nacionalista que se apoyaban, sobre todo, en las gestas, bien “antiguas” (Imperio Romano), bien recientes (Abisinia o de actualidad social). Con ellas se pretendía, sobre todo, enfatizar las “ideas” convenientes al nuevo planteamiento ideológico e, indirecta o directamente, “educar” a los jóvenes en los “valores” del nuevo orden social. Para el cine español esta línea tiene enorme interés, porque será la referencia inmediata que utilizarán las primeras autoridades franquistas para confeccionar “su cine”. La película que mejor describe la situación es “Sin novedad en el Alcázar”, de Augusto Genina (1940), realizada en gran parte en Roma, que define jalón de la proximidad entre las cinematografías española e italiana durante los años cuarenta y cincuenta. Raza y, en general, el primer cine de Nieves Conde, caminaron por esa vereda...
Durante la Segunda Guerra Mundial, el cine se convirtió en un instrumento de divulgación política al servicio de los intereses “patrióticos”, con pocas diferencias entre unas cinematografías y otras; de hecho, sería fácil rastrear los puntos de Goebbels en todas las películas de esos años, tanto si fueron rodadas en Alemania como en Norteamérica o en Italia.
Una película paradigmática en ese sentido es Casablanca, sospechosamente mitificada desde sus valores “románticos”, que, sin embargo, escondía un “argumento” afín al preconizado por los halcones: Rick (el americano de pasado “difuso”) debía decidir la suerte de “todos” los europeos... (ver en este mismo blog el artículo específico)
Acabada la Segunda Guerra Mundial, con el cambio de la situación política general, también cambiaron los elementos políticos del cine, polarizados por la división de Europa en dos bloques, dirigidos, respectivamente, por los Estados Unidos y por la Unión Soviética. En el primero se afrontó con rapidez una depuración radical de las estructuras industriales, sumamente “contaminadas” por las ideas “izquierdistas” de quienes había “creído” que el cine podía ser un medio de creación cultural... La “lógica política” debió enfrentarse a una situación incompatible con la estrategia de “Guerra Fría”: una parte importante de los directores, actores y guionistas de Hollywood profesaban ideas “de izquierdas”, próximas a los planteamientos del Partido Comunista Norteamericano, y esa alineación ideológica era especialmente relevante entre los sectores de mayores inquietudes sociales y culturales, lógicamente, aquellos entre los que aparecían obras de mayor énfasis político: Rossen, Losey, Polonsky, Chaplin, Trumbo, etc. La administración norteamericana reaccionó poniendo en marcha uno de los mecanismos más vergonzosos de la historia reciente: la caza de brujas, emulando fórmulas “jurídicas” comparables a las de Torquemada...
Cuando el Comité de Actividades Antinorteamericanas acabó su “trabajo”, la industria cinematográfica quedó tan limpia como una patena de la Contrarreforma, y Hollywood volvió a hacer cine tan políticamente correcto como “La ley del silencio”, de E. Kazan, en la que se preconizaba abiertamente la delación, o como “Centauros del desierto” (John Ford, 1956), que proporcionaba otro nuevo sillar a la historia mítica norteamericana...
Anécdotas al margen, desde aquellos momentos y hasta mediados de los años sesenta, Hollywood producirá un cine homogéneo, invariablemente supeditado al reforzamiento del sistema y a la difusión del “modo de vida” americano. Sin ninguna duda, daba comienzo un fenómeno de convergencia cultural cuyas últimas consecuencias aún persisten, incardinadas en el “modelo único”. En consecuencia, proliferaron películas de estructura argumental muy parecida: el bien (adornado según los valores del sistema liberal o según el mito que se deseaba construir) se enfrenta al mal (negación de los valores tradicionales norteamericanos)... Y en el desenlace, “el bueno”, que podía ser un vaquero, un policía, un corsario o el mismísimo Cid Campeador, mataba al “malo” y se casaba con “la chica” (en todo caso, era incuestionable el triunfo del “ Bien” y la reparación del orden quebrado por “le Mal” hasta conseguir que volviera a reinar la libertad); la fidelidad a los principios del sistema capitalista (liberalismo) conducía a la satisfacción sexual.
Para desasosiego de conformistas, Frances Stonor ha documentado que estas películas no nacían, precisamente, de la voluntad libremente desarrollada por los industriales cinematográficos, sino de los centros de decisión política (La CIA y la guerra fría cultural).
En contrapartida, durante aquellos años proliferaron por doquier, sobre todo, en Europa y en los territorios dominados por Moscú, películas comparables a las de los soviets: todos los colectivos revolucionarios europeos y asiáticos coincidieron en realizar películas de fuerte sentido “didáctico” orientados a la concienciación de las masas, por supuesto, en el sentido de la estrategia de los partidos comunistas, por aquellos momentos, fuertemente cohesionados según los dictámenes de Moscú.
Por fortuna, las circunstancias cambiaron rápidamente y a mediados de los años sesenta, reaparecieron los impulsos creadores independientes, tanto en USA como en Europa. Al otro lado del Atlántico menudearon las obras críticas con el propio sistema cultural y en Europa, los cineastas fueron alejándose de los dictados uniformadores. Se abría una etapa que preludiaba los acontecimientos del 68...
Entre los jalones importantes de este proceso merecen ser destacadas: “La jauría humana”, de Arthur Penn (1966), que continuó firmando obras de manifiesto sentido crítico, “El Graduado” (1967) de Mike Nichols, que poco antes (1966)había firmado la inolvidable “¿Quién teme a Virginia Wolf?”, Stanley Kubrick, que emigrado a Inglaterra, ya ofrecía un conjunto muy significativo (“Senderos de gloria” es del 57, “Lolita”, de 1962, “Teléfono Rojo”, de 1964 y “2001” de 1968), Richard Brooks, que desarrolló una carrera interesantísima en esta línea, con películas tan extraordinarias como “A sangre fría” (1967)... Son años que contemplan un replanteamiento radical de la historia mítica norteamericana, desde concepciones más realistas e históricamente más razonables o, incluso, invirtiendo los términos, para otorgar protagonismo a los indios, convertidos de la noche a la mañana en víctimas de la voracidad de los blancos... Una de las más interesantes de este grupo es “Pequeño gran hombre”, de Arthur Penn (1970)
En paralelo adquieren cuerpo las cinematografías de Italia, Francia y Alemania, cada una condicionada por sus propias circunstancias; desde el punto de vista político, la más importante es, sin duda, la italiana, polarizada inicialmente entre los intereses del PCI y de la Democracia Cristiana; el paso de los años modificó substancialmente ese panorama porque la práctica totalidad de los creadores más relevantes apostaron por las corrientes progresistas, por lo general, matizadas según la visión personal de cada director. Fellini, Pasolini, Visconti, Bertolucci, etc. ofrecieron otras tantas maneras de afrontar el asunto político, mediante fórmulas que, en ocasiones, forzaban curiosas paradojas. Así, por ejemplo, El Evangelio según San Mateo, de Pasolini, concebida como “réplica” a la institucionalización de la figura de Cristo, fue premiada por la Iglesia... (ver artículos dedicados a “Muerte en Venecia” y “El conformista”, en este mismo blog).
La fórmula más empleada por los directores italianos para afrontar asuntos políticos pasaba por proponer reflexiones, por lo general, de tanta complejidad, que eran inaccesibles fuera de ciertos contextos de formación cultural específica. Así, por ejemplo, es difícil “entender” los matices políticos de películas como “La dolce vita” o, incluso de “Saló”, en cuyos créditos se recomendaba la lectura de algunos libros... La primera puede resultar incomprensible si no se conoce La Divina Comedia o si creeos que el profesor Steiner se llama así por casualidad...
Conociendo el funcionamiento del cine y la importancia que en él tiene el proceso perceptivo, se comprenderá la dificultad de hacer un cine de “utilidad política práctica” con referencias demasiado complejas (aunque duela, la sistematización de Goebbels sigue siendo incontestable). No obstante, casi todas las películas europeas de ese ciclo han llegado a nuestros días convertidas en obras valoradas por razones ajenas a las pretensiones de sus realizadores...
En un tono más operativo, recuperando fórmulas de Eisenstein, a partir de los años 60 también se comienzan a hacer películas mucho más directas. Uno de los directores más reconocidos es Gillo Pontecorvo que en 1965 presenta “La batalla de Argel”, rodada en blanco y negro, con actores no profesionales, emulando las fórmulas del director ruso. Cuatro años después, realizará Queimada, en un tono cinematográfico más convencional, coincidiendo con el estreno de otra película singular en el universo del cine político: “Z”, de Costa-Gravas, que configuró una de las líneas más interesantes de la segunda mitad del siglo XX. Las mejores: “Desaparecido” (1982), sobre los acontecimientos que rodearon el golpe de estado en Chile que acabó con Salvador Allende, y “Amén” (2002), que proponía una reflexión sobre la pasividad del Vaticano ante el holocausto nazi.
Durante los años posteriores —seguimos con el cine italiano—proliferaron cintas de pretensiones estéticas más limitadas, orientadas al mercado del entretenimiento, que se ocuparon de problemas políticos específicos, con frecuencia, relacionados con la mafia.
Como en tantas otras manifestaciones culturales, el fin de los sesenta marcó un importantísimo punto de inflexión en las actividades políticas de todo tipo y, por supuesto, en el cine. En 1969 Rainer Werner Fassbinder realiza su primera película importante: “El amor es más frío que la muerte”. Poco después, en 1971, coincidiendo con el estreno de “La naranja mecánica”, Ken Loach presenta ¨Family Life”, película que ofrece una explicación heterodoxa (social) de la esquizofrenia, en sintonía con las ideas formuladas desde la Escuela de Frankfurt y, en concreto, por personalidades como Habermas y Foucault (este último, en los ambientes que generarán la posmodernidad en su vertiente europea).
A partir de esos años, en toda Europa aparecieron directores que, desde fórmulas pretendidamente “realistas”, con escasas “truculencias”, ofrecían películas próximas a la idea del “documental” o, mejor, al “docu-drama”, concebidas con pretensiones de persuasión social o política, en ocasiones, demasiado obvias, y casi siempre desde posturas próximas a los partidos comunistas europeos, progresivamente alejados de Moscú. Dando un paso más en esa vertiente aparece, desde mediados de los 60 Peter Watkins, director inglés, que combina el reportaje con la ficción para conseguir películas de discutible calidad cinematográfica, pero muy eficaces desde el punto de vista de la “concienciación política”.
En Hungría, Miklos Jancso ofrece una manera muy personal de entender el cine, mediante planos largos y movimiento continuo apoyado en el zoom, con frecuencia, reflexionando sobre cuestiones de poder.
Sería imposible sintetizar en pocas líneas toda la actividad cinematográfica de orientación política que ser realizó en Europa durante los últimos cuarenta años, pero es que además, al grupo se unieron algunos directores norteamericanos y los de otras latitudes (América Latina, Japón, etc.)... Intentando la síntesis... A partir de 1970 las fórmulas de “manipulación política” se agrupan en unas pocas líneas que, de hecho, suponían, por una parte, continuar con los usos más frecuentes en el cine de entretenimiento norteamericano (reforzar los valores dominantes), asimismo, mantener los modos ortodoxos derivados de Eisenstein, de manifiesta inclinación populista (URSS, China, Cuba), y por otra, el desarrollo de fórmulas analíticas que se habían ido ensayando durante los años anteriores, perfectamente homologables a las empleadas en otras campos expresivos (narrativa, teatro, etc.).
Entre las innumerables películas del primer grupo hay que incluir los productos destinados a la televisión (series, culebrones, etc.), donde ocupan un lugar muy especial los dibujos animados que han conformado uno de los fenómenos de convergencia cultural más importantes durante los últimos años. Series como “Los Simpson”, inicialmente concebida para el público adulto, han conseguido que una generación completa tenga referencias culturales comunes, sumamente afines a las de los sectores más “liberales” (en el sentido popular del término) del partido democrático norteamericano, aquellos que delimitan los territorios de lo “políticamente correcto” en claves posmodernas.
Lo realizado con la historia mítica de los Estados Unidos ha servido de referencia para la creación de un nuevo género cinematográfico de gran éxito industrial durante los últimos años: la recreación histórica (europea) mediante argumentos que invariablemente supeditados a la “lucha por la libertad. La historia de la Humanidad se convierte en un proceso permanente de búsqueda de la libertad, por supuesto, entendida en el sentido actual del término: libertad para elegir una cierta opción política u otra, según la voluntad sagrada de cada cual. De modo y manera que, por ejemplo, en “Braveheart” (Gibson, 1995) o en casi todas las películas afines, se transforman las luchas entre señores feudales de las Islas Británicas o de cualquier otro lugar, en “revoluciones burguesas”, con matices nacionalistas, comparables a la que concluyó en la independencia Norteamericana. Los ejemplos son abundantísimos: las dedicadas al rey Arturo, las de Robin Hood, las de los cruzados, etc. Las que afrontan estos asuntos con otros presupuestos son excepcionales: “Alejandro Magno” de Oliver Stone es, posiblemente, uno de los contraejemplos más señeros, que, por cierto, fue recibido con una estruendosa salva de críticas, precisamente, por la supuesta carencia de “rigor histórico”... Y sin embargo, al margen de otras consideraciones (no me parece de gran calidad), es una película modélica en ese sentido...
Hollywood, por la voluntad de algunos directores de manifiesto sentido conservador, está reconstruyendo, de hecho, el pasado de Europa en una fase de transición hacia el modelo único actualmente en vigor...
Recientemente, desde que está en la Casa Blanca el presidente Bush, la industria norteamericana nos ha bombardeado con películas que unas veces sintonizaban con las líneas políticas del Departamento de Estado y otras con las del partido Demócrata, pero nunca sin salir del estrecho marco determinado por los intereses del Estado norteamericano. Entre los ejemplos más significativos de esta línea podemos citar “Black Hawk derribado” de Ridley Scott (2002) o “300”, de Zack Snyder (2007), ofrecida al público coincidiendo con la crisis de los USA con Irán. El guión, construido a partir de las referencias históricas antiguas sobre la batalla de las Termópilas, aparece matizado de acuerdo con la imagen negativa que los medios de comunicación vienen ofreciendo del régimen iraní: los griegos (espartanos) defienden la libertad (los valores de la cultura occidental) frente al “maligno”, al que se presenta como potencia militar con gran capacidad destructiva (potencia nuclear), con una iconografía también matizada hacia la cultura chií. Los soldados persas visten ropajes demasiado próximos a las que aún llevan quienes habitan Irán.
Por el lado contrario, encontramos una nómina relativamente amplia de directores que han afrontado las cuestiones políticas desde planteamientos ideológicos escorados hacia la izquierda. Interesa rescatar del olvido películas como “Que la fête commence”, de Bertrand Tavernier (1975) sobre la Revolución Francesa, asunto recurrente de buena parte de las reflexiones revolucionarias de la época, “Danton”, de Andrzej Wajda (1983), en línea de reflexión comparable, “Cronwell”, de Ken Hughes (1970), “El muro”, de Alan Parker (1982); “Taxi Driver”, de Matin Scorsese (1976)... Y entre lo más actual, debemos seguir mencionando a Costa-Gavras, que continúa con sus planteamientos de denuncia política, Oliver Stone (la muy discutible “Asesinos natos”, 1994), Terrence Malick ("La delgada línea roja", 1998), Brian de Pala (“Redacted”, 2007), Meirelles (“El jardinero fiel, 2005), Sam Mendes (“Jarhead”, 2005), etc. A ellos debemos sumar la pléyade de creadores que han decidido apostar por convertir el cine en un entretenimiento sustentado sobre la capacidad de reflexión y denuncia que aún tiene. Y la nómina es inabarcable: Stephen Gaghan (“Syriana”, 2005), que desarrolló una idea planteada muchos años atrás en clave de comedia por Richard Brooks (“Wrong is Right”, 1982); Andreas Wodraschke (“Los Edukadores”, 2005); Hany Abu-Assad (“Paraíso Ahora”, 2005), Michel Khleifi (“Ruta 181”, 2003), etc.

Para finalizar.
Varias son las fórmulas que ha seguido la manipulación política en el cine. Las más frecuentes:
1. Reforzamiento del sistema ideológico dominante. Es la fórmula invariante de la mayor parte del cine USA “de entretenimiento”.
2. Cine de reconstrucción histórica. Es, en realidad, una variante de los recursos que desde siempre se han empleado para modificar la historia a beneficio de la ideología dominante. Existen tantas modalidades como modelos ideológicos.
3. Cine de instrumentalización política. Es la fórmula soviética y, en general, de todos los regímenes políticos en épocas de peligro externo o interno.
4. Cine de información complementaria o aquel concebido para ofrecer otra forma de explicar una situación histórica o actual determinada. El paradigma es Costa-Gavras, pero también se han rodado películas de este tipo en casi todas las zonas en conflicto nacionalista.
5. Cine de reflexión crítica. Es la corriente más frecuente cuando no se afrontan hechos históricos o de actualidad concreta. Es la corriente donde podríamos situar las últimas películas de Fassbinder, las de Kubrick, Kurosawa, etc.
6. Cine de reflexión teórica. El mejor ejemplo de este tipo es P. P. Pasolini, que rodó varias películas de calidad cinematográfica muy discutible, pero sumamente interesantes: Uccellacci e uccellini (1966), “Porcile” (1969), "Salo" (1975), todas especialmente oscuras para quienes no estén muy bien informados sobre los debates políticos que había en la Italia de aquellos años...

lunes, 4 de febrero de 2008

La ceremonia de los Goyas del 2008. La apoteosis “descontrolada” de Alfredo Landa

Pasé la noche herido de masoquismo, por aquello de la curiosidad morbosa… No hay presentador por muy rumboso que sea capaz de animar un evento tan penoso...
Me emocionó Alfredo Landa. Dicen que estuvo espeso e incoherente… A mí me pareció justo lo contrario. Creo que don Alfredo quiso dejar muy claro que los objetivos de su agradecimiento no eran los habituales, los reiterados en el terrible rito de pasar por el aro, sino su familia; sólo su familia. Y también creo que, como corresponde a un magnífico actor, engañó a casi todos con la incoherencia aparente... Creo que sus parientes más cercanos y otros muchos entendieron perfectamente lo que allí estaba sucediendo. ¿Recuerdan ustedes a quienes no mencionó don Alfredo?
Muchos han hablado de “landismo” para calificar un cine de ciertas cualidades… haciendo recaer sobre el actor responsabilidades ajenas. ¡Imbéciles, cambiad el nombre! Y eliminar una asociación tan injusta. ¿Qué tal “cine de pandereta”? ¿O cine de calzoncillo? ¿O cine de productores franquistas? Alfredo Landa, don Alfredo Landa, "se limitó" a hacer los papeles para los que le contrataban… Al parecer “nadie” advirtió que, como actor, tenía recursos sobrados para adaptarse a cualquier papel… Lo demostró un poco tarde… Señores académicos: interpretar bien no es pasarse la vida haciendo de sí mismo, como hacen la mayor parte de los actores laureados…


El resto de la ceremonia… Lo más sorprendente: que la Academia se inclinara por una película poco taquillera... Al designar una película poco taquillera como "la mejor"... ¿Se trata de justificar una muy activa política de subvenciones? Creo que la Academia ha trazado los hilos del destino: cuando en el 2030, el gran actor de la época decida retirarse, seguramente se quedará sin palabras y hará subir a sus familiares al escenario...

Por lo demás... Alberto San Juan pidió la disolución de la Conferencia Episcopal (me imagino a la policía, en interpretación “forgiana”, diciéndoles: “¡Disuélvanse”! y me da la risa) y Jaime Rosales, en un alarde antiimperialista posmoderno, recomendó educar estéticamente a los niños con El ladrón de bicicletas y no con Walt Disney. Quedé petrificado de puro horror, que diría un “macho”. ¡Educar a los niños en los principios demócrata-cristianos de los años 40 y 50! Y luego… ¿los abonamos a la COPE? “T’as passsao, tio”. Me consuelo imaginando que si hubiera salido José Luis Garci, habría recomendado Centauros del desierto para el mismo fin y, francamente, no sé qué es peor…
Todo lo demás… perfectamente previsible. En definitiva, los Goyas del 2008 pasarán a la historia unidos a varias películas de escasa entidad, algunas muy taquilleras (ver comentarios sobre El orfanato y Rec en este mismo blog), y a la despedida de don Alfredo Landa, magnífico actor al que tocaron tiempos de penuria cinematográfica . ¡Qué buen actor, si hubiera habido buenos productores! Chapeau, don Alfredo y saludos a sus parientes...

miércoles, 30 de enero de 2008

No es país para viejos, Hermanos Coen, 2007

Dicen que es un western moderno... Pues sería un western un poco raro... que me ha recordado, para bien y para mal, "Touch of Evil" (Welles, 1958).
A mí me ha parecido una interesante película de cazadores, en la que a Javier Bardem acaso le hayan dado el papel de su vida, un siniestro personaje adornado de peculiares valores morales y aún más peculiar concepto de la existencia, concediendo un margen importante a la aleatoriedad, a laFortuna, casi en sentido homérico. Y no sé si ello será bueno o malo para sus intereses como actor, porque acaso se vea encasillado en una iconografía comparable a la de Boris Karloff. ¿Actor de reparto? En una película "coral", es difícil hablar de un protagonista. Tommy Lee Jones corre con la interpretación de un personaje sobre el que se apoya decivamente la idea argumental, pero aparece durante pocos minutos en la pantalla.
A Bardem le proporcionaron el papel más espectacular y vistoso. El ritmo de la película está construido apoyándose en su capacidad para generar inquietud, gracias a unos atributos perfectamente calculados: la mirada, fria, la dicción gutural, las inflexiones irregulares... y, sobre todo, el peinado; el peinado podría pasar a la historia del maquillaje junto con el sombrero y la pestaña postiza de Alex ("La naranja mecánica") como otra fórmula magistral para materializar la depravación absoluta.
Buen ritmo narrativo, aceptable fotografía, buen montaje. Lo mejor: los "toques" de humor negro. El guión... Tiene momentos magníficos junto con otros ultra-reiterativos; el tratamiento de la violencia es irregular... No tiene los "baches" de aquella de Orson Welles, pero, francamente, no, no creo que esté a la altura de "El hombre que nunca estuvo allí" o de "Fargo", pero acaso sirva para acreditar "la vuelta al buen camino" de unos realizadores que definen una de las líneas creativas más interesantes del cine norteamericano.

lunes, 21 de enero de 2008

Rashomon, Akira Kurosawa, 1950

Al comienzo de la década de los cincuenta, cuando en Hollywood estaban a punto de estallar las cargas de profundidad propiciadas por el choque entre las ideologías progresistas de los creadores y las pretensiones conservadores del establishment, cuando en la cartelera coincidían películas “escapistas” o generadoras de una “historia mítica” copiada de la Ilíada o de la Odisea y protagonizadas por John Wayne, y otras menos grandilocuentes, pero en todo caso, polarizadas por el enfrentamiento entre el Bien y el Mal, la industria cinematográfica japonesa renacía del silencio dictado por las autoridades norteamericanas con propuestas ajenas a los tics occidentales...
La película que triunfó en Venecia y Hollywood (mejor película extranjera) y divulgó el nombre de Kurosawa en Occidente, aún en tiempos de férrea censura norteamericana, surgió de la “fusión elaborada” de dos relatos de Ryunosuke Akutagawa, escritor japonés de principios del siglo XX: “Rashomon” y “En el bosque”. Y hablo de “fusión elaborada”, porque, en realidad, Kusosawa (firmó el guión con Shinobu Hashimoto) estructuró el relato tomando lo que le interesó de cada uno de ellos, rectificando algunas partes, de acuerdo con sus intenciones o con sus estrategias creativas. De hecho, el relato que da título a la película y las partes correspondientes de ésta apenas se parecen en los aspectos más genéricos. El Rashomon de Ryunosuke Akutagawa es un breve cuento apocalíptico de 1915 en el que podemos leer:
“(...) En los últimos dos o tres años la ciudad de Kyoto había sufrido una larga serie de calamidades: terremotos, tifones, incendios y carestías la habían llevado a una completa desolación. Dicen los antiguos textos que la gente llegó a destruir las imágenes budistas y otros objetos del culto, y esos trozos de madera, laqueada y adornada con hojas de oro y plata, se vendían en las calles como leña. Ante semejante situación, resultaba natural que nadie se ocupara de restaurar Rashômon. Aprovechando la devastación de las edificaciones, los zorros y otros animales instalaron sus madrigueras entre las ruinas; por su parte ladrones y malhechores no lo desdeñaron como refugio, hasta que finalmente se lo vio convertido en depósito de cadáveres anónimos. Nadie se acercaba por los alrededores al anochecer, más que nada por su aspecto sombrío y desolado”.
En ese ambiente, un hombre encuentra a una anciana con una ocupación sorprendente: arranca los cabellos a los cadáveres para ganarse la vida; la anciana se justifica argumentando que no hace ningún daño a los cadáveres... El hombre, poniendo de su lado la pérdida de valores morales que supone la actitud de la anciana, decide despojarla de todo lo que posee y la anciana queda desnuda entre los cadáveres...
En la película dicha situación es sustituida por la imagen de un templo en ruinas, dentro del cual se defienden de la lluvia tres hombres: un monje budista, un leñador y un tercer personaje de extracción social baja, sin duda, inspirado en el personaje original de Akutagawa, que acredita gran sentido práctico y, en cierto modo, hace pensar en Sancho Panza. En la conversación de los tres hombres se desgranan ideas pesimistas mucho más matizadas que en el original. Comentan que desde la puerta se ven cadáveres por doquier, que cada año suceden desgracias, que el templo está destruido, que están a punto de perder la confianza en el género humano... Todo ello en un lenguaje visual algo lento (específicamente japonés) pero extremadamente depurado, con una amplísima gama de grises, y tomas que reflejan fuerte dependencia de las fórmulas de Sergei Einsenstein, tanto en la concepción iconográfica (primeros planos) como en el montaje. Y mientras persiste la lluvia, magníficamente fotografiada, comienzan a comentar el incidente del segundo relato (En el bosque).
Kurosawa suaviza el primer relato, pero mantiene el título, aunque, en realidad, la película habla, sobre todo, de lo recogido en el segundo: “En el bosque”. Al elegir “Rashomon” como título, parece obvio que el director japonés “condiciona” al espectador para que tenga muy presente la “historia medieval” de Akutagawa y, sobre todo, el ambiente definido por éste: una ciudad destruida, cubierta de cadáveres, en la que sus moradores se han visto obligados a prescindir de todos sus valores morales (culturales) para sobrevivir. Si tenemos en cuenta que la película fue realizada cinco años después de la destrucción de Hiroshima (6 de agosto de 1945) y Nagasaki (9 de agosto de 1945), obtendremos los componentes de una “receta” que nos conducirá al plato preparado por Kurosawa, que deberemos degustar en un contexto perfectamente definido por la derrota militar japonesa y la “tutela” de la administración norteamericana.
Nos hallamos ante un cine que, siguiendo las tradiciones cinematográficas japonesas, está concebido no como un simple entretenimiento, sino en sintonía con otras formas de expresión creativa (teatro tradicional y moderno, literatura, etc.), y se dirige a un público de cierta formación cultural... Y en aquellos años, la preocupación general de los creadores de cultura japoneses era precisamente lo que, implícitamente, encontramos en la película: el futuro de una tradición amenazada por la incertidumbre; el futuro de una cultura que los norteamericanos pretendían reconducir en un proceso de convergencia polarizado por su propia idea de “democracia”. De hecho, en aquellos primeros años, el cine japonés estaba obligado a rehuir cualquier guión que reivindicara las tradiciones “imperiales”.
Pero la película no se queda en una reflexión abstracta sobre la crisis cultural, porque su parte modular ofrece al espectador una situación comparable a la ha de asumir un juez al enfrentarse a un delito. De hecho, se ha llegado a decir que es una película que “trata” sobre la “esencia” de la justicia: se ofrece al espectador un hecho contemplado desde la perspectiva que permiten los testimonios de la policía y los testigos; dicho de otro modo, Kurosawa, al igual que hiciera Akutagawa, convierte al espectador en juez de un sumario aparentemente sencillo: la muerte de un hombre y la violación de su esposa, aparentemente, a manos de un salteador famoso.
Y por la pantalla, transformada en una paleta de juegos de luz y sombra, infinitamente matizados para dar complejidad y énfasis visual al paisaje, van desgranándose los diferentes testimonios... El primero en hablar es el leñador, que como en el relato original, nos informa del hallazgo de varios objetos femeninos y del cadáver con una herida de catana. Kurosawa describe la situación mediante planos general y medios dominados por un fortísimo dinamismo (la cámara se mueve por el bosque casi como si la transportara un elefante curioso e inteligente) y por un control magistral de la luminosidad.
Los siguientes testimonios, casi idénticos en la película y en el relato, pertenecen al monje, que aporta unas pocas reflexiones sobre la naturaleza humana, y a un policía, que describe las circunstancias de la detención; todo ello, generando un caudal informativo sobre el que se construye el ritmo narrativo, desacostumbradamente fluido... tratándose de una película japonesa.
La primera diferencia importante surge con el cuarto testimonio, inexistente en la película, perteneciente a la madre de la mujer violada. Gracias a ella conocemos quién era el fallecido: un samurái de la ciudad de Kokufu, en la provincia de Wakasa; se llamaba Takejiro Kanazawa, tenía 26 años y, según su juicio, era buena persona...
A continuación (tanto en la película como en el relato) habla Tajumaru, el ladrón, interpretado por Toshiro Mifune, con los matices histriónicos propios de estos años, sumamente próximos a las máscaras de teatro tradicional japonés, y reconoce haber matado al samurái, en unos términos mucho más críticos en el texto literario que en la obra de Kurosawa. Concretamente, Kurosawa elimina un alegato que podría interpretarse como descalificación radical de las instituciones judiciales:
“De todos modos, para poseer a la mujer había que eliminar al hombre. Pero le aclaro, señor, que yo mato con katana, y no como ustedes, que matan con el poder, con el dinero, hasta con el pretexto de hacer un favor. Es cierto que no derraman sangre y sus víctimas siguen viviendo; pero así y todo son muertos, sombras de vivos. Si medimos los alcances del delito, es muy difícil fijar quién es más criminal, yo o ustedes. [Sonríe con ironía].“
Tajumaru explica en ambos relatos que pudo engañar al hombre apoyándose en la natural tendencia a la codicia de todos los humanos... Asimismo, en ambos casos la mujer pelea hasta que es vencida. Consumada la violación, que en la película se describe con matices no demasiado brutales (tras unos minutos de pelea, la mujer abraza con fuerza al ladrón), la mujer plantea un problema de honor (prestigio), tal y como ello se concebía en la sociedad japonesa tradicional:
“Ella se aferró a mis brazos con desesperación, y patéticamente, con palabras entrecortadas, me gritó que uno de nosotros, su marido o yo, tenía que morir; si no, ella misma moriría antes que soportar el dolor y la vergüenza de saber vivos a los dos hombres que la habían poseído. Dijo más: que sería de aquel que sobreviviera. Al oír estas palabras, el deseo de matar al hombre me ofuscó”.
Tajumaru desata a Takejiro, pelea con él y lo mata; pero en ese momento la mujer ha desaparecido.
El siguiente testimonio pertenece a la mujer y con él aparece otra diferencia importante entre el relato y la película. En la película declara que Tajumaru se burló de su marido después de poseerla y que éste la miraba con actitud fría e inexpresiva (“como si ya no estuviera”) (plano “teatral” de las manos para taparse la cara); con el cuchillo, le corta les ligaduras y le pide que la de muerte. El hombre permanece inmóvil (Kurosawa nos muestra su rostro entre sombras); la mujer pierde el conocimiento y cuando lo recupera, encuentra al hombre con el cuchillo clavado en el pecho.
En el relato, la situación es diferente: El silencio del samurái estaba forzado por la voluntad de Tajumaru:
“Al escucharme, movió apenas los labios. Con la boca llena de hojas, no podía articular palabra. Sin embargo, con sólo mirarle adiviné su voluntad. Con profundo desprecio me decía:" Matadme". Sin poderme dominar, enloquecida, Clavé la daga en su pecho, a través del kimono de color lila. Volví a desvanecerme. Cuando tiempo después me recobré, mi marido había muerto”.
Y acaba:
“En fin yo, que maté a mi esposo, que fui violada por un bandido,¿ qué debo hacer?¿ Qué es lo que yo... yo...?[ Estalla de pronto en violentos sollozos]”.
En un giro que, de nuevo, nos remite a elementos de la tradición cultural japonesa, tanto la película como el relato nos ofrecen la versión del cadáver... a través de una médium. El muerto se muestra resentido, desea la desgracia de quien le mató... Explica que el ladrón, después de poseer a la mujer, le habló intentado convencerla para que se fuera con él. Y advirtió que la mujer miró a Tajumaru con embeleso y arrebatadoramente bella y decidió marcharse con él, no sin antes pedirle que matara a su esposo. Ante este giro en la actitud de la mujer, el ladrón arrojó la mujer al suelo y dijo al samurái que decidiera él sobre la suerete de su esposa... Ante ese gesto de “nobleza”, el samurái perdona al ladrón... La esposa huye, Tajumaru libera al samurái y se marcha. Una vez solo, el samurái se suicida con el cuchillo de su esposa...
Lógicamente, la diferencia entre película y relato surge de la combinación de estas dos últimas versiones (mujer y cadáver). La novela abre la posibilidad de una muerte “por piedad” a manos de la mujer, que en la película no existe, porque la mujer no reconoce haber sido ella quien lo mató: al recuperar el sentido, lo encontró muerto. Así, pues, se abren varias posibilidades, a las que debemos añadir las inducidas por las posibles inexactitudes o mentiras de los distintos testimonios.
En este punto de la película se podría ofrecer una reflexión provisional... que serviría (con los matices mencionados) también para la novela... Hay quien ha dicho que este relato esta es una reflexión sobre “la verdad”... Creo que Kurosawa se planteaba, ante todo, la complejidad humana y la dificultad de conocer la verdad mediante los testimonios de los hombres, siempre condicionados por los intereses propios y, en especial, por mantener su prestigio social. Y en ese sentido, recordando lo mencionado sobre la deformación de Rashomon, permite deducir que, ante todo, la película es una reflexión sobre la paradoja que se establece entre el orden social, desde el que surge la idea de “prestigio”, y el fundamento de ese orden: la justicia, porque “prestigio” y “justicia” son cualidades incompatibles.
El ladrón, condicionado por su “fama”, necesita hacer prevalecer las cualidades que le prestan notoriedad: el valor, la fuerza, el descaro, la carencia de límites y moral... según los patrones asumidos por los más débiles. El samurái necesita, a su vez, conservar la imagen que le corresponde, aunque para ello deba pagar con la vida. Y lo mismo sucede con la joven esposa, que debe proyectar hacia los demás la imagen de quien sabe permanecer fiel a los principios de una mujer recta... Y todos ellos mentirán o manipularán sus relatos de acuerdo con esos objetivos prioritarios, incluso, aunque se expresen después de muertos...
Sin embargo, en la película de Kurosawa se añade un último testimonio, que matiza un poco más la “realidad de lo sucedido” y modifica substancialmente las intenciones de Akutagawa. El último testimonio del leñador, que podríamos tomar como la descripción de un testigo “frío”, sin condicionantes personales, al menos, en relación al homicidio. Del contexto mencionado en la película, podría deducirse que el leñador no quiso mencionar lo que había visto para que no le relacionaran con la desaparición del cuchillo (tanto en el cuento como en la película, el muerto manifiesta que le extrajeron el cuchillo de la herida).
Según esta descripción “fría”, Tajumaru pide perdón a la mujer después de haberla poseído; le ruega que se case con él, pero ella replica que no puede decidir “Qué puede decidir una mujer”. Tajumaru libera a su marido y ambos se encuentran ante el dilema de jugarse la vida en una pelea o parecer mezquinos. Sin embargo, el esposo dice que no se jugará la vida por una mujer que ha mostrado su vergüenza. Ninguno de los dos desea pelear por ella. La mujer se irrita y les jalea para que se enfrenten; les acusa de ser ignorantes y les hace notar que los hombres deben pelear por conseguir a las mujeres. A regañadientes, comienzan una extraña pelea, dominada por la cobardía de ambos, que rehúyen los embates hasta que, por fin, tras unos segundos de gran tensión, entre los temblores de ambos, Tajumaru arroja la espada contra su oponente y lo mata; a continuación, persigue a la mujer pero ésta consigue escapar...
Por desgracia, esta versión tampoco encajaría con la declaración del finado... y estaría condicionada por la “necesidad” de insistir en que el samurái fue muerto con una espada, no con el cuchillo de la mujer...
En definitiva, no podemos otorgar credibilidad absoluta a ninguna de las versiones, porque hasta el mundo de los muertos estaría condicionado por por el imperio de la mentira o, si se prefiere, de las interpretaciones dictadas por la conveniencia. Todos mienten... “Un demonio que vivía en Rashomon se fue porque tenía miedo de los hombres”.
Acaso por dulcificar un planteamiento excesivamente negativo, Kurosawa recupera “la idea” del relato “Rashomon”, para ofrecer un desenlace menos acibarado. El asunto de la anciana que vive de arrancar los cabellos de los cadáveres es sustituido por una anécdota algo más “ligera”. Los tres personajes que se refugian de la lluvia en las ruinas del templo oyen el llanto de un bebé; el personaje “práctico” llega junto al niño y se apodera de las ropas que lo envuelven; y justifica la acción manifestando que, en tiempos de crisis generalizada, el egoísmo es un instrumento fundamental de supervivencia... El leñador, por su parte, se acerca al niño y lo toma en sus brazos con la intención de integrarlo en su familia. En suma, en tiempos de crisis, a pesar de sus debilidades (parece ser que el leñador ha robado la daga) el leñador propugna la recuperación de los valores morales... tal y como reconoce el monje budista, que aplaude la acción.