El Cine como forma expresiva y estética

miércoles, 7 de junio de 2023

Un profeta y Celda 211: La constante caída del caballo

 Por Javier Mateo Hidalgo


Si San Pablo de Tarso tuvo que caerse una vez del caballo para ver la luz de la fe, encontrar sentido a su vida y ver las cosas claras, creo que a estas alturas por mucho que me siga cayendo (de un caballo o de un burro) la mona dejará de vestirse de seda. He tenido la oportunidad de ver en menos de una semana dos películas de género carcelario: “Un profeta” de Jacques Audiard y la reina de los Goya 2010 “Celda 211” (después del otro producto de Telecinco, “Ágora”). Si bien es cierto que la segunda, comparada con la primera, es algo totalmente edulcorado, al menos sí consigue mantener un ritmo de interés. El film francés nos oferta una especie de decálogo sobre “el posible ascenso de un hombre gracias a la cárcel”, extraña paradoja que nos hace pensar. El español es mucho menos pretencioso, pero consigue demostrar que la sencillez es un buen medio para captar la atención del espectador. Por esto mismo afirmo que nunca dejaré de sorprenderme. ¿Cómo puedo caer en algo tan bajo a estas alturas? Lo cierto es que esa “falsa humanidad” de la bondad de los presos frente a los malvados que se pasean por la calle con chaqueta y corbata con una mentalidad mucho más sucia consigue penetrar fácilmente gracias al melodrama (que por otra parte nos advierte de su propia ficción) y esto resulta doblemente peligroso. Audiard también tiene algo de esto, solo que en este caso los personajes pretenden ser más fieles a lo que verdaderamente sucede en los casos reales: una cierta deshumanización donde se pierde el principio original del que termina por corromperse, del que cambia absolutamente su vida por unas circunstancias forzosas (el encarcelamiento). Aquí podemos encontrar de nuevo similitudes, véase el caso de los personajes de Malik El Djebena (interpretado por TaharRahim) y Juan Oliver (Alberto Ammann), trastocados por el propio transcurso de las historias. En el fondo, quizás, la ganadora del premio César nos está hablando de una historia de mafias, a pesar de contar la historia de este musulmán que acaba haciéndose amigo de los corsos. Por eso, una sucesiva tanda de “encargos” por los que ha de pasar el aspirante a mafioso puede acabar por saturarnos. No es necesaria la pormenorización de todas las vicisitudes y, sin embargo, se incluyen hasta la extenuación una tras otra. Incuso los momentos más oníricos son mal transportados a este ambiente, resultando incluso molestos dentro de esta fábula de incorrecta moraleja. 

En cualquiera de los casos, la corrupción acaba volviéndose necesaria, pero la encontramos sin embargo injustificable en los funcionarios de prisiones. Esta idea de estado desvirtuado acaba dando la razón a los que se vuelven “molestos en él” porque no bajan la cabeza ante él, porque saben más como cocineros que como frailes.

A pesar de un guión mucho más primitivo, la “Celda” consigue de mí lo que la sofisticación del profeta debería de llevar en sus ventajas de calidad (y no olvidemos que el guionista es vasco y algo debería de arrastrar de nuestro atraso). Por eso digo que no dejo de sorprenderme. En una conseguí desconectarme de la historia, mientras que en la otra ni siquiera me planteé sin estaba o no conectado.

Ninguna de las dos historias me informó de nada extraordinario, pero tampoco lo buscaba. Sabía a lo que iba. Una especie de estudio desde una tarea inventada y nunca impuesta. Una especie de negociador, por decirlo de alguna forma, que traspasa un umbral con pie firme, sabiendo al juego al que se enfrenta. No dejándose engatusar por este “oro y el moro” que acabó siendo del que cagó el mismo señor otras tantas veces. 

De Daniel Monzón poco puedo decir. Un director en cuyo currículum se encuentran obras como “El robo más grande jamás contado” y críticas de dudoso gusto (como aquellas que utilizó para ensañarse contra películas como “El detective y la muerte”- película, a mi juicio, de mayores aspiraciones cinematográficas que las que él plantea en historias como “El corazón del guerrero”). De Audiard podemos incluir aquello de que “de casta le viene al galgo”, por lo de la excelente labor que su padre (Michel Audiard) desempeñó como guionista. Creo que las comparaciones son odiosas, por eso  me limito a no engrosar más mi lista (negra o blanca, depende del ojo con que se mire) y dejar claro lo de que “las opiniones vertidas…” sigan al menos en la línea en la que he decidido mantenerme. 


Publicado en el blog El efecto fi (suprimido) el 6 – 3 – 10

Perros de Paja (Straw Dogs), Sam Peckinpah , 1971

Por Javier Matero Hidalgo 


Si Garci consideraba su “Luz de domingo” un western asturiano, bien podríamos atrevernos a asegurar que la modernización de un género tal solo podría venir de manos de aquel que bien lo conoció y supo aprovechar sus últimas bocanadas, estertores o coletazos: Peckinpah.

El personaje que encarna este Dustin Hoffman de primera comunión, es un David Summer totalmente descontextualizado, traicionado en este entorno hostil hasta por su pareja sentimental, Amy, una Susan George deslumbrante y cegadora, desconcertante para la pérdida de los cinco sentidos (comunes). Este estudiante matemático se enfrenta a estas fuerzas irracionales, hechas de tripas y whisky. Quizá su comportamiento llegue a escamarnos, nos enerve hasta límites insospechados. Justamente la coherencia nos resulta antipática, democráticamente insoportable en esta pequeña villa londinense. 

Lo cierto es que Strawdogs resulta completamente hostil para los malacostumbrados que pre
cisan de cintas-transición como “El valle de la violencia”, “Los malvados de SilverCreeck” o la misma “Grupo Salvaje” del propio director. Esa violencia que nada intimida, que se convierte en mecánica de acción edulcorada: esos valientes que mueren con las botas puestas, que se cuentan por miles (tantos como los que caen en una batalla totalmente despersonificada, donde lo que habla es la masa de indios y vaqueros). Aquí no, aquí en este grupo de cinco perros de paja, los rasgos de estos cinco rostros son perfectamente descriptibles. Aquellos que engañan a un solo hombre, aquellos que no son por tanto, tantos aguerridos luchadores. Los que se enfrentan contra uno, resultan más creíbles que los quinientos contra el mismo contrincante (por mucho que el atrevido retador conozca de la filosofía oriental y sea capaz de dominar con su cuerpo tantas fuerzas opuestas que sobre él se ciernen). 


El valiente vaquero, o, al menos, el parsimonioso personaje, hace uso de la típica frase: “Prepárame café”. Cuando debe enfrentarse a una empresa, lo único que sale de su experimentada boca es la orden educada de tomar cafeína (fenomenal para controlar los nervios, todo sea dicho de paso). Bueno, creo que este comentario es injusto ¡pero es que me retrotrae a tantas películas…! Es, no sé, como una voz unificadora de tantos dobladores que uno recuerda y que desearía volver a escuchar… A veces, para mantener vivo el recuerdo, tengo el capricho de ver una película doblada para capturar de nuevo la misma sensación que de niño sentí… la obra completa (tal como yo la concebía).

Verdaderamente, volviendo a lo anterior, es esta estoicidad digna de algunos especímenes (dicho con cariño) de la vida real. La hija de mi tío, cuando pequeña, le preguntaba como duda ante este personaje a resolver: “Papá ¿este señor es tonto?” 

Bueno, finalmente no es tanta la tontería tonta junta. Sin embargo, así como aparece en un primer momento un personaje femenino infantil, provocador, vamos observando a lo largo de su historia cómo este descubre que a veces, los juegos, en la edad adulta, son bastante peligrosos. Sigue resultando, aún así, un personaje imán de odios para los espectadores. Es la perdición, junto a aquella casa de campo en las afueras y aquel personaje grandullón y atontolinado, del protagonista. 

Respecto a los ingenios técnicos, cabe destacar el montaje machacador en la psicología de la muchacha profanada. Eso de la violencia directa y explícita, no lo lleva bien el director. En lugar de la salsa de Ketchup, opta más bien por narices de sátiro, risas indigestas y reducción del campo de seguridad. Los juegos crueles de los “amenazadores invitados a sueldo” también ayudan a esta angustia que, con mayores o menores pasos, va acrecentándose en intuitivos avisos de lo que puede que suceda. 

Peckimpah, en todos los sentidos, es una bestia cinematográfica, y los demás, presas fáciles.


Publicado originalmente en blog El efecto fi (suprimido) el 3 – 3 – 10

Todos somos necesarios. José Antonio Nieves Conde, 1956

Por Javier Mateo Hidalgo


El título de esta película es esclarecedor para una información previa en el espectador. La importancia de la nominación en cine puede serlo en mayor o en menor medida, con más o con menos ojo, con intención poética siempre. Así por ejemplo, titular fácilmente por el tema una obra puede suceder en ciertos casos. Por ejemplo: “El milagro de Fátima” o “Don Quijote de la Mancha”. Sin embargo, puede emplearse para la misma tarea un análisis de otro tipo, véase “El loco del pelo rojo” por Van Gogh o “Esmeralda la Zíngara” para El Jorobado de Notre Dame. Un caso que efectivamente se ha dado por partida doble es el de “Cielo sobre el pantano” para el mismo tema que la película “Santa María Goretti”. No quiero explayarme mucho más, tan solo dar importancia a algo que nos introduce o no en el cine en muchos casos. 

Después de “Surcos”, Nieves Conde ataja de nuevo un problema creado por la sociedad en los hombres. La primera imagen (acompañando a los títulos” de un río de presos atravesando un pasillo carcelario ilustra bastante bien el tema. Las siluetas en negro de los condenados, de los que llevarán siempre esta otra nominación dentro y fuera de la penitenciería, después de haber pagado ya sus culpas. En esto se muestra a la sociedad de aquel tiempo siempre con escepticismo. Allí están todos los que, con mayor o menor suerte, se han librado de encerrarse en rejas. Siempre existe ese prejuicio malsano de los que aprenden en los libros lo que no se enseña en las bibliotecas (siendo más exactos, en las escuelas). Ese tatuaje que llevan los personajes del cuento de Kafka y que es recordado por esas monstruosas máquinas despellejadoras. Vamos a comenzar por aquí, por los personajes en masa:




Los viajeros de aquel tren que se metamorfosea en juguete de vez en cuando (lo de “todos somos necesarios” desde luego no debería afectar a los encargados de maquetas) parecen estar corriendo la misma suerte que la de los protagonistas dejaron atrás: sin comerlo ni beberlo, se encuentran encerrados, atrapados, en este caso por el temporal de nieve. Aquí no hay teoría que valga, pues la gente no se transforma ni en este tipo de circunstancias: un niño cae enfermo y debe de ser intervenido de urgencia. El cirujano en la sala es uno de estos condenados, Alberto Closas. La multitud parece, por un momento, ablandarse (y permítaseme el fácil juego) con este bisturí de almas. No tardara la cosa en desmentirse, pues en cuanto se vuelve a saber que una cartera ha desaparecido, se vuelve al mismo camino: “Esta gente, por mucho que pase por la universidad…” Aquello se hacía de esperar, pues sucede otro comentario inoportuno antes de este cambio de actitud general que dice: “pues al final no van a ser estos tan malos…” El caso está claro en el padre de la criatura, un “capitalista” que va solo a por el dinero y que nada le importa su familia (tan solo cortejar a la secretaria, que va también en el viaje). Esta cierta doctrina del régimen que, por sus mismos ideales, se permitía atacar al capital y a su vez atacar al comunismo, resulta un tanto curiosa. Como bien quedó claro en “Surcos”, el capital se persigue porque es lo que seduce a los habitantes de los pueblos para abandonar su lugar, su “tradición”.

No solo la cárcel les persigue sino la propia moral como individuos, que les acaba pesando psicológicamente, les describe como inútiles para lo que servían. Closas, por ejemplo, es un cirujano que ha sido encarcelado por una demanda interpuesta por la familia del último paciente que no puedo salvar. “Sabía que había un noventa por ciento de posibilidades de fracaso en la operación…” se lamentaba. Necesitaba, por tanto, superar esa barrera que le sugestionaba, que le hacía pensar que había fracasado como cirujano. Desde luego, ya no hay criminales tan caballerosos y elegantes como el señor Closas (así como un culpable tan bien avenido como en “Muerte de un Ciclista”). 

Destacar también a FolcoLully, un actor que tenía yo ya en mi memoria por su papel protagonista en “El hereje”. Su aspecto rudo le condenó en este caso a ser este ateo de mal vestir y descuidado en formas (el prototipo de hereje, vamos- nótese la ironía). Sin embargo, hay una bondad siempre que deslumbra desde la primera escena, que escapa de la pantalla al espectador (automáticamente enemistándolo con los personajes ya mencionados del tren que no consiguen ver más allá del maniqueísmo cinematográfico). Su origen real como actor y su otro origen creado hacen de él un italo-vasco muy curioso.                                                                                                                                        Del otro pobre diablo (el que sufre una crisis en su matrimonio) poco me cabe decir en referencia a sus dos compañeros. Realmente pasa casi inadvertido, en la línea del cura que con sus mejores propósitos se ofrece para operar al improvisado paciente (y eso que son “protagonistas secundarios”).  

Nieves Conde pasó, con este tipo de propuestas, de ser considerado un director oficial (con filmes como “Balarrasa”- de 1950) a un realizador difícil. Con “El inquilino” (1958) sufrió primero la prohibición y después el permiso con numerosos cambios y cortes. Más adelante, comenzó ya el declive para el público (verdadero juez sin causa).

Lo cierto es que ahora no se justifica la excesiva dureza impartida por la ley pero tampoco de ningún modo una mayor atención por delante de las propias víctimas. Es una reflexión que deberíamos constantemente de plantear, pues esta balanza de la “Lex” cuida la venda pero pierde a veces el pulso con los platillos al tratar de nivelar excesivamente. No olvidemos que tanto el cine como la crítica están hechos de una época. Tómese como un granito de arena, nunca como una china en el zapato.

Publicado en el blog El efecto fi (suprimido) el 26 – 2 - 2010  

sábado, 13 de noviembre de 2021

El orfanato, Juan Antonio Bayona, 2007

Es reconfortante que los productos cinematográficos españoles apuesten por generar dinero en los ámbitos naturales de su “utilidad social” y no en los círculos de la endogamia parasitaria. Sólo por ello El orfanato merece un caluroso aplauso. La película nos mantiene clavados en la pantalla desde el primer fotograma hasta el último. Lo mejor: la producción, mediante fórmulas de probado éxito. Si no me equivoco, teniendo en cuenta lo que costó producirla, acaso se recuerde dentro de unos años como la película más rentable de la historia del cine español. El magistral lanzamiento publicitario completa la homologación de “nuestra industria” en un contexto de feroz competitividad. Es sabida la relación directa que existe entre inversión publicitaria y recaudación. La historia, supeditada a una línea argumental sencilla (el amor materno-filial), recuerda muchas películas anteriores y, en especial, algunas muy recientes (Los otros), que, a su vez, nos remiten a aquella inolvidable de J. Clayton (The Innocents, 1961); el desenlace compone “estilo” con El laberinto de el fauno y, en general, con los repertorios iconográficos de Guillermo del Toro, por lo general, escasamente desarrollados en la faceta simbólica; sería absurdo buscar en El orfanato referencias a los universos míticos o mágicos del lugar en que se desarrolla la historia. El equipo de realización perdió una magnífica oportunidad por ese camino. Entiendo que por ahí se encuentra la parte más débil de la película: un guión que, cargado de concesiones populistas (psicofonías) y comparado con The Innocents, refuerza la añoranza por aquellas películas preñadas de sugerencias complejas e interesantes: Aún persiste en mi memoria la imagen del niño “perverso” intentando seducir al personaje interpretado por Deborah Kerr. Sí, ya sé que son odiosas las comparaciones, pero en ellas descansa una parte importante de la argumentación crítica y, francamente, creo que sería buena idea que el cine se esforzara por esa línea… aunque no se pueda resucitar a Truman Capote. Asimismo, también flojea en otros aspectos de la vinculación al terruño: apenas se han aprovechado las posibilidades espectaculares del paisaje asturiano. Es obvio que no se cuidó demasiado la “localización”. Algunos cronistas han enfatizado la interpretación… Entiendo que es difícil substanciar una buena interpretación cuando el guión es tan homogéneo. No obstante, frente a lo que, por desgracia, suele ser habitual en el cine español, en El orfanato no aprecio carencia interpretativa alguna; hasta los niños entonan en el ambiente general, dominado por la personalidad de Belén Rueda. La fotografía, muy condicionada por la escasez de iluminación, sobre la que se hace descansar gran parte de la tensión narrativa, no se puede decir que sea brillante, pero sí correcta. Es casi una película en Blanco y Negro, en la que se han despreciado las posibilidades de una imagen más ambiciosa… En la misma línea también son obvias las carencias en la dirección artística. Los recursos que determinan el ritmo narrativo han sido utilizados con agilidad: es destacable el movimiento de la cámara, así como los “efectos” consagrados por el uso en este tipo de obras (insertos sonoros de sobresalto, destellos, congelaciones puntuales del ritmo narrativo, etc.). Por último, es de agradecer la mesura en el uso de las fórmulas “expresivas” inquietantes (máscaras de los niños, niños de rasgos anómalos, rostro monstruoso de la cuidadora después del accidente, etc.). En definitiva, aunque quepa esperar poco entusiasmo de la Academia norteamericana, es una película que me ha recordado mucho ‘Tesis’… Como primera obra, me parece excepcional, incluso contando con que Guillermo del Toro haya participado más de lo que conviene al decoro profesional.

domingo, 6 de marzo de 2016

¿Inspiración o copia?

Lo propone David:


martes, 1 de marzo de 2016

Mad Max, efectos especiales

Revenant y Tarkovsky


martes, 3 de marzo de 2015

Kogonada

Lo PROPONE Víctor:


Criterio Diseños de Criterion Collection en Vimeo .

miércoles, 11 de febrero de 2015

Whiplash. Quiero ser como Buddy Rich

Por Vice

Una de las revelaciones del cine independiente del 2014, con Damien Chazelle en la dirección de su segundo film. Ha cosechado premios y menciones a su paso por varios festivales. Arrolladora visualmente, visceral y directa. Creada con un presupuesto heroico y alzándose como una de las propuestas cinematográficas más importantes de este año. Con una premisa nada deslumbrante, como es la de contar el aprendizaje de un batería de jazz.
Pero no ha estado libre de duras críticas, algunas provenientes del mundo del jazz, por no mostrarlo de manera más amable y en parte están en lo cierto. Presenta la cara más desagradable del jazz, la de la práctica de los jazz standards hasta agotar su brillo. Tampoco lo muestra con ninguna chispa de fusión y contiene una ausencia total de improvisaciones, en definitiva encontramos pocos atisbos de creatividad musical.
En lugar de esto lo que mueve el relato de Whiplash es la glorificación de la interpretación y la técnica. Aunque no sea justo para el género musical como escaparate, es necesario para concentrar todo el eje de la historia y el argumento sobre esa obsesión. Es un sorprendente ejercicio de contención por parte de Chazelle, reduciendo su experiencia como amante del jazz y su carrera frustrada como batería profesional a tan pocos elementos.
 También es gracias a esta renuncia por convertirse en un catálogo de la historia del jazz, lo que le lleva a aprovechar sus recursos expresivos y sus personajes al límite de sus consecuencias. Desde el principio la música es solo el vehículo, poco a poco te vas dando cuenta de que la vida del protagonista, Andrew, no ha sido más que un propicio campo de cultivo para desarrollar una obsesión compulsiva. Por la que dar la vida y otorgarle un sentido, cuando conoce a su profesor tiene el detonante necesario. 


Desde que J.K. Simmons inunda el aula con su fuerza de atracción, como si de un pequeño cosmos se tratase, sus alumnos intentan orbitar alrededor de su carácter con cierta prudencia para no llegar a quemarse ni quedarse fuera de la banda. Andrew (Milles Teller) destaca sobre el resto porque no le importa quemarse y acabar consigo mismo, si con ello puede seguirle el compás a su profesor. Nos vemos inmersos en un constante pulso donde la tensión no baja. El frenético montaje ayuda a que el ritmo no cesé, movido por el magnético conflicto entre ambos.  Tanto a la narración como a su protagonista, no le importa sacrificar líneas de diálogo en las relaciones familiares o sentimentales, realmente toda la energía se queda en la batería y las clases, mientras que sus relaciones se tornan frías y distantes. Esto es debido al compromiso creciente que le impone el profesor, lo único que puede ver en su horizonte. En todo el metraje no hay ningún momento en el que nos podamos esconder de su particular examen.
¿Pero es justo criticarla por todo ello? Si consigue ser tan potente es porque su relato  es sobre ambición y ansiedad, una crónica de autodestrucción, con lo que se puede decir que está libre de hacer a apología de todo aquello que presenta. Va directamente a la manida cuestión de si el fin justifica los medios, o la falsa resignación al trabajo duro y sacrificio como camino a la autorrealización. Para entrar en ella hay que aceptar sus reglas, en algunos puntos llega a abusar del uso de sangre, sudor y lágrimas. Y muchas de las situaciones de ambos sujetos caen a menudo en la hipérbole. Para quien busque algo más fidedigno o documental acerca de vivir del jazz, no atragantándose en él, si no respirándolo, siempre tendrá la imprescindible serie de David Simon, Treme. Por encima de su exageración, Whiplash consigue crear secuencias memorables, como la lucha entre los baterías aspirantes por interpretar la versión de Caravan de Art Blakey, y la desbordante muestra de talento en la dirección al representar la interpretación final.
La anécdota del enfrentamiento entre Jo Jones y Charlie Parker, ha sido convenientemente reinterpretada. Realmente a Jones no se le ocurrió tirarle un platillo a Parker a la cabeza, se conformó con tirarlo en señal de amenaza contra el suelo. De esta manera se entiende mejor como funciona esa historia quirúrgicamente en la trama. Toda una excusa para el profesor, lo que encaja muy bien con su amplia personalidad manipuladora.
Porque no todo es perfección técnica, y por mucho que Buddy Rich siempre lograra deslumbrar por su desmedida velocidad. Consiguiendo hacer que todos los flashes se alejarán de Art Blakey cuando compartían escenario. Si preguntas en una escuela de jazz a un batería acerca de quién es su mayor influencia, la elección favorita será el segundo por su colección de discos memorables, en contra de los solos del primero. Del mismo modo que tampoco está claro que Charlie Parker desafinara en ese concierto, es más que probable que su único error fuera improvisar demasiado o experimentar con claves más inusuales de lo debido. Lo que hacía que estos monstruos del jazz trascendieran, es que no se conformaron con interpretar magistralmente. Tenían que romper y empujar los límites del lenguaje musical. De esta misma manera Whiplash no se conforma con ser un relato motivacional complaciente, ni una oda al trabajo duro como aseveran algunas de sus críticas. Trasciende el género de las historias de superación personal cuestionando la validez del éxito, y mostrando que el coste personal y mental puede que no compense, ni sea un camino fácilmente reversible.

Carrera ideológica hacia el Oscar

Por Vice

Oscarsowhite fue el trending topic más sonado que dejaron a su paso las nominaciones de los Oscar 2015. Esos premios que todo el mundo asegura ignorar hasta que llegan, y cuando lo hacen no dejan contento a nadie. A esta marea de reclamación igualitaria se sumaron muchos nombres, los primeros de relevancia fueron Spike Lee y George Lucas. Alejados últimamente de los focos de atención, no es difícil ver oportunismo en su suma a esta causa.
Todo ello por ser la primera gala desde el 98 sin representación de un actor negro. Y sobre todo por la película que supuestamente ha salido más perjudicada, Selma el biopic de Martin Luther King, género predilecto de los Oscar. Al contrario de lo que pueda parecer por la avalancha de quejas por obviarla, sí que ha tenido una mención importante, nada menos que una nominación a mejor película.
Con las heridas del conflicto racial estadounidense muy abiertas, por los recientes abusos de la policía estadounidense en Ferguson y el asesinato de Michael Brown, la discusión no podía llegar en un momento más candente. Ahora bien, a nadie se le escapa  que hace tan solo un año, 12 años de esclavitud se alzó con la estatuilla de mejor película y Steve McQueen con la de mejor director. Esta obviedad hace que el argumento de un acusado racismo se caiga por su propio peso. Sin embargo el actor principal de Selma, David Oleyowo reavivó la polémica, asegurando que todo esto se debía que a los negros se les prefería como esclavos y no como líderes.
Pensar que todo se debe a una simple cuestión racismo instintivo en los votantes es simplificar las cosas insultando a la inteligencia de la audiencia. Usando un tema muy delicado, como arma arrojadiza en favor de la promoción de Selma. Pero si ampliamos el enfoque quizás este tipo de debates nos ayuden a preguntarnos quienes son los realizadores y distribuidores detrás de lo que vemos en pantalla, sus intereses y motivaciones.
Con el Hashtag se abrió la veda a otras quejas como la de género. Al caer en la cuenta de la ausencia de nominaciones para Selma también se hizo en la falta de representación de su directora, Ava DuVernay. Lo que ha propiciado que también se ponga de relieve el hecho, de que ha habido una falta  de menciones individuales a mujeres en esta edición respecto a otras. Y de la alarmante falta de diversidad resultante si juntamos las dos cuestiones.


Pero si hay muchas minorías sin representación, no sé puede culpar de ello solo a la academia. El problema debe estar en los mecanismos que hacen falta para llegar a producir y distribuir cine, y como algunos colectivos lo tienen muy difícil para superar esas barreras. Si a esto le añadimos el triunfo en taquilla, y reconocimiento por parte de la academia de El Francotirador. Film de Clint Eastwood que parte de la biografía de Chris Kyle, que tiene el dudoso honor de ser el francotirador más mortífero de la historia estadounidense y con el conflicto de Irak como su escenario. Es difícil pasar por alto sus tintes fascistas que ya estaban presentes en el material biográfico, en las antípodas ideológicas de Selma.
El gran problema que muchos vemos en estos premios es que tienen tanta notoriedad, que acaban produciendo películas diseñadas para ellos. Muchas se lo juegan todo a la carta de la biografía, respaldada por una épica interpretación como mejor opción para pugnar en la carrera por el Oscar. La consecuencia es que no ser mencionado por ellos se interpreta como un fracaso, como paso con J. Edgar también dirigida por Eastwood. Esta pretensión está muy vacía, cuando solo hay hueco para un puñado de propuestas y son premios históricamente conocidos por haber dejado fuera a numerosas obras maestras.
Esperar que las minorías más relevantes como la racial y la de género se arreglen maquillándolas con premios, es querer falsear unos resultados. ¿Todo esto es fruto de la exageración? ¿O de los intereses contrapuestos de ambos filmes? Por ahora en España tendremos que esperar a que lleguen a nuestras salas para decidirlo. En el caso de Selma en marzo y  El francotirador el 20 de febrero.